Ir a contenido

LARGO PLAZO

Simpatizantes de Vox celebran el resultado de las elecciones andaluzas

REUTERS / MARCELO DEL POZO

Estadística

Olga Grau

Hoy es momento de volver a echar mano de la estadística y de los datos, una ciencia económica de larga tradición que debe de permitir debates basados en realidades y en problemas reales y no en falsedades

El término alemán Statistik fue introducido por primera vez por el economista Gottfried Achenwall en el año 1749. Entonces, se refería básicamente a la recopilación de datos del Estado. Pero el afán humano por reunir cifras y extraer conclusiones que ayuden a hacer balance de una determinada situación y tomar decisiones basadas en realidades es mucho más antiguo. En el año 3000 a.C. los babilonios usaban ya pequeños envases de arcilla para recopilar datos sobre la producción agrícola. Los egipcios analizaban los datos de la población y la renta del país mucho antes de construir las pirámides en el siglo XI a. C. Y los libros bíblicos incluyen censos de la población de Israel y describen el bienestar material de las diversas tribus judías.

La estadística ha merecido varios premios Nobel de Economía, como los del estadounidense Robert F. Engle y el británico Clive W. J. Granger en el año 2003. Y esta ciencia económica ha sido un pilar fundamental de la constitución de las sociedades modernas y democráticas. La publicación transparente de todo tipo de datos y estadísticas ha sido y es un indicador básico para evaluar la calidad democrática de un Estado. Y también de lo contrario, ya que cuanto menos se sabe con fiabilidad en términos de estadística -pongamos los ejemplos de China o Rusia que esconden cifras oficiales de sus economías o de salud de sus bancos- menos garantías democráticas existen.

La larga tradición de la estadística debería garantizar a día de hoy debates científicos y públicos en base a realidades comprobadas. Se debería poder discutir sobre posiciones ideológicas muy divergentes, pero siempre con el dato indiscutible en la mano que permita discernir sobre si algo es un problema o una amenaza real. 

Sin embargo, igual que sucedió durante las décadas de 1920 y 1930 en Europa en las que las democracias sucumbieron a los autoritarismos y fascismos, arrecia hoy de nuevo "una hostilidad declarada a la realidad verificable, que asume la forma de presentar las invenciones y las mentiras como si fueran hechos", como sostiene el historiador Timothy Snyder en su libro "Sobre la Tiranía" (Galaxia Gutemberg). 

Un buen ejemplo de ello es la campaña presidencial de EEUU del 2016, en la que se verificó que el 78% de las afirmaciones fácticas de Donald Trump eran falsas. Otro ejemplo es el discurso de Vox, que sitúa como problemas principales en España la inmigración, contra lo que señalan los datos estadísticos, y los asesinatos de hombres a manos de mujeres, también rebatido por las cifras oficiales existentes. 

En la actual coyuntura, es más necesario que nunca que los ciudadanos echen mano de esa ciencia antigua que es la estadística, que se familiaricen con los datos para sustentar las opiniones y que lo exijan así a los medios de comunicación y a los políticos. Porque, como afirma la frase de Leszek Kołakowski, considerado el filósofo polaco más importante del panorama contemporáneo, que usa Snyder en su prólogo: "En política, que a uno le engañen no es excusa".