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No solo Bolsonaro

Sergio Moraes (Reuters)

No solo Bolsonaro

Sonia Andolz

Jair Bolsonaro inicia su presidencia con un discurso de investidura nada sorprendente. Su campaña y programa electoral no dejaban lugar a dudas: el líder populista comulga con los dogmas de extrema derecha de forma obediente: familia, dios, patria y gente de bien. Su victoria, no por esperada es menos desalentadora y preocupante. Las alarmas del semáforo democrático hace tiempo que suenan en las sociedades más industrializadas sin que por ello consigan hacerse hueco entre el ruido de los intereses económicos y políticos. Mientras seguimos con nuestras rutinas, la amenaza de la extrema derecha toma fuerza en más países sin que las sociedades industrializadas parezcan reaccionar. Hacemos mal. Ni es anecdótico ni es una opción política más.

Desde el origen de lo que conocemos como estado moderno, las opciones políticas han sido variadas y extensas. Las opciones radicales siempre han existido y, por tanto, no son novedad. Ahora bien, en los estados democráticos actuales, los que obtienen mejores cualificaciones en los rankings de democracia, buena gobernanza y transparencia, la presencia de la extrema derecha o izquierda no ha sido relevante hasta hace unos años. ¿Cómo etiquetamos realmente un partido como “extremo”? No hay consenso ni definición única pero una característica que aparecería en la mayoría de diccionarios sería que la extrema derecha persigue la eliminación de derechos fundamentales y la promoción de derechos y privilegios para unos pocos.

De ahí que la extrema izquierda preocupe mucho menos: no defiende eliminar derechos fundamentales de nadie sino ampliar los de los menos favorecidos, aunque por ello haya que anular algunos de adquiridos por otros colectivos (derechos hereditarios, por ejemplo). El siglo XX acabó con un nivel de derechos y garantías fundamentales asimilado como mínimo y básico en los estados democráticos y cuya defensa se garantiza por las Naciones Unidas. Ese pack básico de derechos se da como adquirido y no negociable. Se reconoce en los estados del mundo industrializado y se critica su ausencia en países que no generan bienestar ni seguridad para sus ciudadanos. De ahí que la aparición con fuerza de la extrema derecha en no pocas instituciones dispare la alarma. No son sólo una opción política. Son un reto al sistema democrático. Una llamada a la involución y a legitimar de forma pública y apabullante el dominio de las elites. Una vuelta a periodos oscuros en los que ni siquiera se hacía ver que todos los ciudadanos del mundo nacen libres e iguales y en los que ya no sólo manda la economía sino que se impone la incorrección política como arma válida.

 Ante la extrema derecha no sirve sólo alarmarse ni combatir el discurso. Las fuerzas democráticas deben tener líneas rojas. Si ellos no las ponen, debemos ser las mayorías sociales quienes las exijamos. Nuestros derechos y garantías siempre han estado y estarán en peligro puesto que no son valores inmutables que se nos dan sino que se consiguen con mucho esfuerzo. Y ante ello, ni en Brasil ni en Andalucía, se puede retroceder