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Al contrataque

Francisco Serrano y Santiago Abascal, el pasado diciembre, en Sevilla.

JON NAZCA (REUTERS)

2019, ¿el año de Vox?

Juan Soto Ivars

No queda otra que la respuesta crítica a sus falacias, la lucha contra sus bulos y el fomento de un clima ajeno a la polarización

En Andalucía las derechitas han pactado con La Derechona, que viene decantada en frasco pequeño y proyecta un aroma a Cardenal Mendoza que abrasa los pelos de la nariz. A las izquierditas les da tanto miedo la Derechona que se niegan a mirarla. Puesto que no la miran, la representan. Lo hacen con brochazos gordos de cartel de la FAI en la guerra civil. Hoy dibujan una sombra negra provista de colmillos verdes y garfios peludos que maneja al cura (PP) y al banquero (Ciudadanos) como si fueran títeres, y mañana como un murciélago de vuelo malsano que persigue a una democrática damisela virginal.

La Derechona es para sus enemigos algo amenazante que avanza, como en los partes del Madrid asediado del 38, y ante lo que solo queda recurrir al cosmético y estéril 'no pasarán'. Como un ser de otro mundo que alarga sus tentáculos o como un espectro surgido del infierno de la España profunda, lo cierto es que Vox se está convirtiendo en una invitación al fatalismo más confortable, que es la postura de quienes se niegan a valorar su parte de la responsabilidad en una tragedia popular.

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Lo cual tiene sentido, si lo miramos desde la perspectiva psicoanalítica. Llevaban tantos años advirtiendo de que la Derechona existía y de que se nos avecinaba que ahora casi parecen satisfechos con sus lamentos y sus denuncias. Sin embargo, en paralelo, han empezado a surgir en los márgenes algunas voces que explican la táctica de engorde de esta Derechona, y parece que una parte del alpìste se lo están echando precisamente sus enemigos más furiosos.

Conviene volver una vez más al episodio más clarividente de la historia reciente universal: la campaña de difamación contra Donald Trump emprendida por Hillary Clinton antes de las elecciones presidenciales. Durante aquellas semanas no había día sin que los medios y las cuentas de Twitter y Facebook al servicio de Clinton difundieran las barbaridades que Donald Trump había dicho en el pasado o en campaña. Para sus adversarios, aquellas atrocidades verbales eran síntomas de su demencia y de su inmoralidad. Afanados en pintarlo como un monstruo no se dieron cuenta de que atacaban ciegamente. Y lo que ocurrió fue que fomentaron que gente despolitizada lo defendiera con la máxima del sentido común: ¿Satanás? No puede ser para tanto.

Hoy brotan como níscalos los simpatizantes de Vox del mismo musgo. Ante los ataques sumarios de la izquierda prolifera el “no son tan malos” que tanto se detectó entre los simpatizantes de Trump. De hecho, ya sabemos que Vox promociona los ataques más difamatorios contra su formación a través de cuentas encubiertas. No queda otra que la respuesta crítica a sus falacias, la lucha contra sus bulos y el fomento de un clima ajeno a la polarización. Si seguimos así, 2019 será recordado como el año de Vox.