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Expresar la discrepancia

Los indignados increpan a los políticos a la salida del Ayuntamiento de Madrid.

AGISTÍN CATALÁN

La política del escrache

Francisco Longo

Algunos han descubierto, en esta época de política-espectáculo, que el ruido otorga rápido acceso y un rol protagonista

La algarada ruidosa y amenazante ha irrumpido en la esfera pública con una frecuencia que la acerca a lo rutinario. Se ha hecho habitual que grupos vociferantes de diversos colores políticos persigan a sus contrarios por la calle, embadurnen sedes y domicilios o revienten actos públicos. Las reacciones suelen ser selectivas, aplicando la consabida ley del embudo: repulsa airada para el adversario y benevolente comprensión para los propios.

Para algunos, que las acciones discurran sin agresiones físicas es suficiente para aceptarlas como expresiones –un tanto extremas, sí, pero tolerables- de activismo político. Pero eso supone reducir la noción de violencia a la compulsión física y excusar el amedrentamiento, la coacción y otras prácticas que violentan a las personas y reducen su capacidad para expresarse libremente. No es imprescindible reclamarse del liberalismo para repudiar estas interferencias en la libertad ajena. Pero, además, aceptar los escraches como modos admisibles de expresión de la discrepancia política es incompatible con una democracia saludable. Hay unas cuantas razones para oponerse a esta normalización.

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La primera es la necesidad de una esfera pública en la que posiciones y argumentos de todo tipo puedan ser contrastados. La superioridad epistémica de la democracia como sistema político, su capacidad para desarrollar conocimiento y aprendizaje, se basa justamente en que asegura la libre circulación y el contraste plural de las ideas. Y esta característica la hace especialmente insustituible en tiempos de incertidumbre y complejidad de los problemas colectivos.

Si, en este sentido, la democracia, como dice Amartya Sen, no es sino “gobierno por discusión”, la polarización política extrema del escrache hace la discusión imposible. Discutir exige deparar al discrepante el trato de antagonista, y no el de enemigo. Con los primeros se polemiza. A los enemigos se les descalifica y se les combate.

Populismos polarizadores

Por eso, la democracia no es un repertorio de contenidos ideológicos sino, básicamente, un sistema de reglas que permite que diferentes propuestas de organización de la vida colectiva puedan ser libremente promovidas y defendidas. Por debajo del escrache, en cambio, late una pretensión de superioridad moral que condena al adversario a la exclusión. De aquí al totalitarismo hay un paso que tal vez –ojalá- no se dé nunca, pero que en realidad es muy corto, si hablamos del fundamento filosófico de la cosa.

Además, en la discusión democrática, sin ignorar el valor político de las emociones, hay una aspiración de racionalidad incompatible con la exaltación simbólica y la cacofonía emocional. En el escrache, como en el gesto grandilocuente o el ruido militante de los trolls en las redes, los populismos polarizadores de todo signo se mueven como pez en el agua. Dame el tuit y quédate el argumento.

Así las cosas, no es fácil apostar por un próximo final de estas prácticas. Algunos han descubierto, en esta época de política-espectáculo, que el ruido otorga rápido acceso y un rol protagonista en el escenario. Y cómo resistirse a las mieles de las portadas, los titulares, los likes, el prime time y las tertulias, aunque sea a costa de representar el papel de malo de la película.