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Editorial

Banalizar el lenguaje, huir de la política

No se trata de prohibir nada ni de impedir el ardor parlamentario, sino de que el debate se centre en discrepancias políticas y no en ajustes de cuentas

Sesión en el Parlament de Catalunya.

Sesión en el Parlament de Catalunya.

En situaciones de fuerte polarización política como la actual, los políticos recurren cada vez más al insulto y a la descalificación personal, en lugar de debatir sobre las políticas del adversario. Ocurre en los Parlamentos y también, por supuesto, en las redes sociales, fenómeno que ha contribuido en alto grado a la proliferación del insulto y a la banalización del lenguaje. Porque se recurre a la palabra gruesa y a la afrenta personal cuando no es necesario y se trivializa el debate.

Uno de los últimos ejemplos parlamentarios  –hay otros muchos- es la decisión de ERC de que cada vez que Ciudadanos llame “golpistas” a los políticos independentistas les responderán calificándoles de “fascistas”. Pues ni una cosa ni la otra. En primer lugar, porque ni un adjetivo ni otro expresan fielmente la realidad y, en segundo lugar, porque su uso constante banaliza al verdadero fascismo y al auténtico golpismo, y es un insulto a las víctimas de fascistas y golpistas. La utilización permanente de esos calificativos tiene un efecto contrario al buscado porque elimina la diferencia y la característica distintiva de una actuación: si todos son fascistas, nadie es fascista; si todos son golpistas, nadie es golpista; si todos son culpables, nadie es culpable. No se trata de prohibir nada ni de impedir el ardor parlamentario, sino de que el debate se centre en las discrepancias políticas en lugar de en los ajustes de cuentas personales.