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ANÁLISIS

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

José Luis Roca

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Antón Losada

Moncloa busca repetir la jugada de la moción de censura: o Sánchez o el regreso de una derecha aún peor

Si durante su rueda de prensa de fin de año Pedro Sánchez no se hizo la misma pregunta que Carmen Maura en la atropelladora película de Pedro Almodóvar, debería. Tras media hora de un balance donde pretendió explicarnos por qué este gobierno había hecho más en siete meses que los ejecutivos de Mariano Rajoy en siete años por resolver los problemas que importan a los españoles, la primera pregunta que le cae abordaba sin rodeos la capital cuestión de la reactivación de la “tramitadora de impuestos catalana”. Tuvo que esperar más de quince minutos para que alguien le interrogara por las pensiones, los presupuestos o las ayudas extraordinarias a los parados. Sus cada vez más lacónicas respuestas al aluvión de turnos sobre Catalunya -algunos ciertamente surrealistas-, marcaban hasta qué punto el comunicador Pedro Sánchez parecía irse dando cuenta de que no iba a  conseguir que se hablara de lo que había venido a contarnos.

El plan de Sánchez

El presidente Sánchez compareció para explicarnos que tiene una estrategia para agotar la legislatura y podría salir bien. Se articula sobre tres pilares: agenda social, diálogo y moderación. Si se aprueban los presupuestos, habrá un año más para seguir impulsando medidas sociales, facilitar que el dialogo torne a ser la herramienta para hacer política en Catalunya y evidenciar las sonrojantes contradicciones que promete causar a Ciudadanos y Partido Popular su dependencia de los votos de Vox.

En cambio, si la mayoría que amparó la moción de censura no pasa la revalida presupuestaria, la alternativa posible y probable se dispone a tomar posesión del gobierno de Andalucía a paso ligero, sin más problemas que los remilgos de los naranjas para intentar vendernos que gobiernan con los votos de las derecha extrema pero no con sus políticas. Si a alguien le quedaba alguna duda sobre si el modelo de tripartito andaluz resultaba exportable al resto del Estado, la celeridad andaluza se las habrá resuelto de un plumazo. El PP ve en Vox la manera de recuperar votos que creía perdidos y Cs no resiste el miedo escénico de verse acusados de alta traición.

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Moncloa parece intentar una repetición de la jugada que le permitió desalojar a Rajoy: o votar al PSOE sin condiciones, o asumir la culpa de que vuelva una derecha aún peor. Entonces funcionó pero, como se esforzó en repetir el presidente, las cosas han cambiado mucho en estos siete meses. Entonces se votaba contra alguien, que siempre suma más, a cambio de unas expectativas de cambio y regeneración que se palpaban en la sociedad y parecía arriesgado decepcionar. Ahora se pide el voto para una acción de gobierno, el cambio radical lo ofrece la derecha y los hipotéticos socios necesitan resultados para presentar ante unos votantes que ya no viven de ilusiones. El propio Sánchez lo resumió de manera impecable: no es lo mismo votar una moción de censura que una investidura. Le convendría tenerlo presente cuando se siente a negociar apoyos para sus cuentas.