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Protestas en Hungría

Anna Donnath, vicepresidente del partido de la oposición Movimiento Momentum, sujeta una bengala durante las protestas contra la reforma laboral en Budapest.

Bernedett Szabo (Reuters)

Yo creía que...

Ruth Ferrero-Turrión

Hungría es el ejemplo perfecto de cómo un discurso y una política populista llevada al extremo impacta de manera inmediata sobre aquellos que optaron por ella

Cuando terminaban las manifestaciones de los chalecos amarillos en Francia y en Europa cogíamos aire, en Budapest comenzaba un nuevo conflicto social por parte de la denostada y desaparecida en los últimos años, “clase obrera”. Llama especialmente la atención que la sociedad que ha aupado a Viktor Orbán al poder sea la que ahora se levante contra él. El primer ministro húngaro, vicepresidente del Partido Popular Europeo, es conocido por su nacionalismo de corte esencialista y etnocéntrico, además de por una xenofobia enfermiza contra los inmigrantes. En el Foro UE-África mantuvo esta posición reafirmando su política anti-inmigración e intentando que sea la línea que siga la política comunitaria, cierre total de las fronteras y externalización del control a los países africanos, lo que se conoce como “estrategia húngara”, y mantenida en la votación del Pacto Global de Migraciones, junto con Estados Unidos, Polonia, Hungría e Israel.

Destrucción de los derechos de los trabajadores

Pues bien, si la ciudadanía húngara pensaba que el libre albedrío de su presidente no tendría consecuencias en el ámbito interno, se equivocaban o sencillamente no pensaron en cómo iban a mantener su economía.  Hungría, junto con la República Checa, son de los pocos países que pueden alardear de tener pleno empleo. Esto sería una buena noticia si fuera acompañado de una buena política pública que lo gestionara. El tan traído y llevado declive demográfico europeo se manifiesta en todo su esplendor en el caso húngaro cuya población activa cae del orden del 1% anualmente, uno de los mayores envejecimientos del continente. La ecuación es bien sencilla, con pleno empleo, crecimiento demográfico negativo y el rechazo a aceptar migrantes, los salarios aumentan por encima de la inflación. Y este sería un buen final, si no tuviéramos en cuenta que en estas circunstancias la productividad decrece.

La ley aprobada en el mes de diciembre y conocida como “ley de la esclavitud” continua con la secuencia lógica de la ecuación que es la de aumentar la competitividad de la economía húngara. Y lo hace ni más ni menos que aumentando el número de horas de trabajo hasta las 400 horas anuales, con unos periodos de carencia en los pagos de hasta 36 meses. En definitiva, destruyendo los derechos laborales básicos de los trabajadores húngaros. Aquellos trabajadores que no querían que vinieran los inmigrantes a quitarles el trabajo. Pero no queda ahí la cosa, además todas aquellas industrias con menor valor añadido antes o después serán deslocalizadas en países como Turquía, Marruecos o Egipto, donde los salarios son hasta ocho veces más bajos que en Hungría.

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En definitiva, el ejemplo que ha servido a los populistas de Europa puede servir también para sus electorados. Hungría es el ejemplo perfecto de cómo un discurso y una política populista llevada al extremo impacta de manera inmediata sobre aquellos que optaron por ella. Ni las sanciones, ni los discursos contra las políticas de Orbán van a ser tan eficaces como la presión procedente de una ciudadanía que tiene la obligación de reaccionar ante el torrente de mentiras que en algún momento creyeron.