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TERRORISMO GLOBAL

Yihadismo en África, y la distancia que no aleja

FRANCINA CORTÉS

Yihadismo en África, y la distancia que no aleja

Jesús Díez Alcalde

La solución nunca será militar, y el esfuerzo internacional habrá resultado baldío si los gobiernos africanos no atajan las razones profundas de esta amenaza

En el inmediato sur de Europa, el extremismo violento a favor de una pretendida yihad continúa su alarmante expansión, lejos de la atención mediática que merece. En los últimos años, el derrocamiento de Gadafi y el declive de Daesh en Oriente Medio han sido determinantes para convertir el norte y la franja saheliana de África en santuario de grupos extremistas empeñados en dinamitar toda esperanza de futuro para millones de africanos y en desestabilizar el orden internacional. Más allá de sus terribles cifras de víctimas mortales –43.000 entre 2009 y 2017, según Naciones Unidas–, esta lacra violenta está reventando cualquier atisbo de seguridad y desarrollo; a pesar del incontestable –pero no suficiente– apoyo internacional desplegado en el continente vecino.

Escenario convulso

Los cuatro puntos cardinales al norte del Ecuador africano están infectados de yihadismo. En Libia, facciones leales a Daesh o Al Qaeda mantienen una lucha sin cuartel en medio del desgobierno y el caos. Malí se consolida como epicentro regional del yihadismo vinculado a Al Qaeda, a pesar del esfuerzo de tropas africanas y francesas por frenar su expansión territorial. Más al sur, Nigeria es el mayor bastión africano de Daesh, y ni siquiera una contundente fuerza militar regional consigue aplacar las atrocidades de Boko Haram. En el cuerno de África, Al Shabaab –el grupo yihadista más mortífero y estructurado del continente– retiene su capacidad de aterrorizar Somalia frente el acoso constante, pero poco eficaz, de más de 20.000 militares africanos. Un convulso escenario que se agrava por los enfrentamientos entre comunas y clanes, que luchan por su supervivencia frente al terror yihadista y la desatención de sus gobiernos nacionales.

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Ante este panorama, las medidas en el ámbito de la seguridad, aun siendo imprescindibles, no podrán atajar por sí solas la sinrazón yihadista que revienta África. La solución nunca será militar, y el esfuerzo internacional habrá resultado baldío si los gobiernos africanos no atajan las razones profundas que subyacen bajo esta amenaza. Porque la fuerza de los extremistas violentos no radica solamente en la fortaleza de sus armas o en la complejidad de sus ataques, sino más aún en su obcecación en sembrar el terror como 'modus vivendi' ante la ausencia de otras expectativas de vida. Sin duda, sería pernicioso minusvalorar la obtusa ideología que pretende imponer el salafismo rigorista a las sociedades africanas; pero todo apunta a que la doctrina salafista solo impera en las mentes perversas de los líderes yihadistas, mientras que son otros y distintos los condicionantes que les permiten reclutar y adoctrinar a sus secuaces.

Corrupción, pobreza y subdesarrollo

Hay muchos denominadores comunes para aquellos que malviven en zonas recónditas e inhóspitas de África, todas ellas muy lejanas del interés de sus propios gobiernos. No es casual que allí se concreten todos los parámetros que incitan a la conflictividad: carencia de seguridad y gobernanza, corrupción endémica y ausencia del imperio de la ley, pobreza y subdesarrollo, y sociedades divididas por ancestrales reivindicaciones o por aspectos étnicos, religiosos o geográficos. En este contexto, el sentimiento de exclusión se ha convertido en el pretexto de la gran mayoría de los radicales, que abrazan la subversión yihadista como repulsa violenta hacia regímenes políticos represivos o distantes de la frustración social que ellos mismos provocan. En otras muchas ocasiones, la mera supervivencia es el único motivo: los grupos yihadistas –con el contrato extremista como moneda de cambio– les facilitan protección, una suerte de “acción social” y, lo que es más alarmante aún, un sentido a sus vidas.

Con todo, la comunidad internacional, y Europa en particular, debe volcar sus esfuerzos en crear en África –con la determinación de sus propios gobiernos– sociedades abiertas, equitativas e inclusivas, donde se respeten los derechos humanos y con oportunidades económicas para todos, desde el convencimiento de que esta es la opción más tangible y fructífera para erradicar el extremismo violento. Un desafío descomunal, pero no inviable. Mientras tanto, en un mundo globalizado donde las amenazas desbordan las fronteras, ninguna distancia exime de sufrir sus consecuencias, y tampoco debería impedir que empaticemos con el sufrimiento ajeno. Como sociedad, deberíamos exigir más coraje en nuestra cooperación con África: por solidaridad con nuestros congéneres, pero también por la seguridad y el desarrollo a ambos lados del Mediterráneo.