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Libros para todos

Interior de una biblioteca.

JOAN CORTADELLAS

Bibliotecas de aniversario

Care Santos

Durante la guerra civil la Mancomunitat impulsó un servicio de bibliotecas del frente. A veces, cuando los libros llegaban el lector ya había muerto

Durante el 2018 hemos celebrado el centenario de la creación de la Xarxa de Biblioteques Populars de Catalunya, el proyecto cultural más ambicioso de la tan poco reivindicada Mancomunitat catalana. Un proyecto que, por primera vez, involucró a todo el territorio catalán y que nació con la intención de llegar a todos, en especial a los lugares más remotos y las gentes más humildes. Por eso, una de sus tareas más hermosas fue la creación de un bibliobús que iba de pueblo en pueblo con su carga de lecturas a cuestas y que debió de cambiar la vida de muchos de los habitantes de lugares apartados, donde nunca antes habían visto algo parecido. Paradójicamente, fue ese mismo bibliobús el que utilizó la Generalitat para poner a salvo a los escritores catalanes que tuvieron que huir a Francia en los últimos estertores de la República. Una historia, la de este vehículo, que merece también una celebración. Y puede que hasta una novela.

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En el 2018 hemos celebrado también el centenario del fin de la primera guerra mundial. Ambos centenarios guardan una estrecha relación, aunque no lo parezca. Con la participación de los Estados Unidos en el conflicto, desembarcó en Europa una asociación que tendría una gran influencia en la biblioteconomía europea (y en la catalana): la American Library Association. Organizaron en el viejo continente un servicio de lectura pública que llevó libros a todos los frentes de la guerra, en todos los países. Literatura en medio de la barbarie y la muerte. Quizá la ficción no tiene jamás mayor sentido que cuando la realidad se vuelve insoportable.

También durante nuestra guerra civil la Mancomunitat impulsó un servicio de bibliotecas del frente. Libros en castellano y en catalán. Los soldados podían hacer peticiones concretas, que recibían en pocos días. A veces, cuando los libros llegaban el lector ya había muerto. Se sabe porque se conservan algunas de las peticiones, además de los diarios de las bibliotecarias. Otra historia preciosa que habría que contar más allá de esta columna.