Ir a contenido

Los límites del humor

Una imagen de ’La cocina de Picasso’, exposición del Museu Picasso de Barcelona.

El arte de no contarlo todo

Ricard Ustrell

El artista que no se explica, que no habla claro, es sospechoso y mayoritariamente malinterpretado. Y esta presión social termina afectando a su creación

El fin de semana pasado leí en EL PERIÓDICO un magnífico artículo de Juan Carlos Ortega titulado '¿Qué has querido decir?', en el que reflexionaba sobre la supuesta idea de que todo significante debe tener un significado. Recogía en el título una pregunta que, como humorista, le han hecho a lo largo de su trayectoria para encontrar el sentido oculto, el trasfondo, el mensaje de sus gags.

El artículo hablaba desde un malestar que hace tiempo que vivimos muchos pensadores, periodistas, artistas y críticos. Tiene que ver con la utilidad que, como sociedad, buscamos cuando consumimos una nueva creación. Si una película o un libro no nos hace sacar alguna conclusión parece que no tenga calidad. El exceso de información -infoxicación-, pero sobre todo de opinión, provoca, muchas veces, que miremos el mundo con muchos condicionantes y etiquetas.

En la facultad de Periodismo me contaban que el humor y la opinión debían ser espacios de libertad, de ética y de estética, para despertar el espíritu crítico de sus lectores. Pero lo que me he encontrado, sobre todo cuando entras en Twitter, es que cuando alguien genera dudas parece que no debería ser aceptable, porque ahora no es momento para pensar demasiado. “Això no toca”. Ahora lo que necesita la sociedad es que la gente hable claro y hable como nosotros creemos que es justo. Tensionados por la crisis política y social, exigimos saber quién piensa qué, sin dejar márgenes a la interpretación. Categorización.

El arte es proceso y es producto, es decir, se hace desde el sujeto y acaba siendo interpretado por otro sujeto. El autor John Richardson lo sintetizaba en la biografía que escribió de Pablo Picasso. El malagueño, dice, era un exagerado, un creador de ficciones sobre él mismo. Una perversión que le hacía maravilloso porque muchas veces pintaba sin pensárselo demasiado, de forma caótica y con contradicciones. No quería ofrecer tesis, quería que hicieran tesis sobre él, y la mejor manera era que las casualidades se convirtieran en causalidades, sin nunca pronunciarse del todo. Un artista.

La presión social

Pero ahora el espacio, el margen, sería muy limitado para un genio como Pablo Picasso. El artista que no se explica, que no habla claro, es sospechoso y mayoritariamente malinterpretado. Y aún más: esta presión social termina afectando a su creación. El artista ya no solo piensa en el qué, también en el qué dirán. Un tipo de paranoia colectiva, llena de irritación, que está convirtiéndonos en una sociedad lineal. Es como si fuera un mal momento para probar, para dudar, para equivocarse, para innovar… Por eso, cuando leí tu artículo, te amé aún más, amigo Juan Carlos Ortega. Porque a pesar de que nos expliques que no hay sentidos ocultos detrás de tus gags, yo encuentro muchos. Nunca más pediré disculpas por una ambigüedad.

Temas: Humor