Dos miradas

Roma, DF

Admiro el blanco y negro nítido, frío, perfilado y enigmático de Alfonso Cuarón en 'Roma', la película que algunos califican como obra maestra y que otros critican por un exceso de manierismo

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Tráiler de ’Roma’ (2018)

Admiro el blanco y negro nítido, frío, perfilado y enigmático de Alfonso Cuarón en 'Roma', la película que algunos califican como obra maestra y que otros critican por un exceso de manierismo, una voluntad simbólica demasiado explícita, una grandilocuencia que hace rebajar la euforia de la primera visión una vez descubres las trampas del cineasta.

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Confieso que no sé en qué bando alinearme. Una amiga la describe así: "Es la típica película que tienes que decir que es una gran película". Y lo afirma con el convencimiento que se trata de una pieza excelente, pero que a la vez la hemos inflado para que parezca de visión imprescindible. Por un lado, engancha la inquietud que provoca: tiene un aire de Chéjov, donde todo parece plácido mientras, bajo la superficie, el mundo se hunde, y es desoladora la glacial fotografía que nos deja observar el universo de los acomodados (que sufre cambios y revueltas) y las pequeñas parcelas de los sometidos (sin derecho a revuelta, ajenos al cambio). Un mundo donde todo continuará igual a pesar de los cambios que haya en el exterior, siempre sometido a la regularidad de la rutina y la pervivencia de los espacios familiares y gélidos: la entrada de carruajes, la escalera que lleva a la azotea. Cleo, solitaria, sin futuro, se convierte en heroína pero nunca dejará de ser criada, atendiendo a los deseos de los niños, que quieren un helado aun después del descalabro. Llega el colapso y ella continúa subiendo la escalera a tender la ropa.