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Análisis

El presidente de EEUU, Donald Trump, este jueves.

Reuters

El país de las mentiras

Rafael Vilasanjuan

La cuestión es saber si un Estado democrático como EEUU está al límite de lo que puede aguantar o aún queda margen

Los estados totalitarios viven de la mentira, porque borran la memoria y a la lucha contra el poder se le impone el silencio y la venganza. En las sociedades democráticas, en cambio, la mentira se acaba descubriendo tarde o temprano, porque nadie tiene suficiente memoria para mentir sistemáticamente con éxito. ¿Estará llegando el presidente Donald Trump a ese límite? Mientras sus tuits mas tóxicos se combinan con la resurrección de cazas de brujas y mientras sus colaboradores mas cercanos van abandonando el calor de seguir arrimados al poder para evitar tener que seguir mintiendo, todo indica que esa máxima por la que la democracia americana, aunque sea a fuego lento, acaba poniendo freno a la mentira del poder, puede empezar a frenar el desmadre instalado en la Casa Blanca desde que Trump se convirtió en presidente.

No solo el presidente miente, los que van quedando en su equipo, si no quieren padecer la ira  y la venganza hostil de quien dirige bajo el temor, tienen que demostrar fidelidad siguiendo los meandros de una narrativa cada vez mas cautiva de sus mentiras. Es el caso de la secretaria de prensa de la Casa Blanca Sara Sanders, que llegó a utilizar argumentos del movimiento MeToo para  justificar la expulsión del periodista de la CNN Jim Acosta, por "poner las manos encima de la joven azafata que le quitó el micro", incluso manipulando un video para demostrar una agresividad que no vio ninguno de los corresponsales acreditados ese día en que el periodista decidió preguntar al presidente por el futuro de la caravana de inmigrantes o sus conexiones con la trama uusa.

Libro blanco de la extrema derecha

La cuestión ya no solo afecta a EEUU. Mientras la principal potencia mundial sostiene a un presidente que no tiene el mayor reparo en construir narrativas falsas para derrotar a sus contrarios, en vez de aportar argumentos políticos, la copia del manual que le vio llegar al poder avanza como una mancha de aceite que impregna el mundo occidental. El libro blanco de la extrema derecha no solo permite mentir, sino utilizar esas mentiras para acceder al poder. El machismo, el supremacismo, el ultranacionalismo o el rechazo a los inmigrantes, negando evidencias que requieren compromisos políticos, son lugares comunes que han ido asimilándose como algo natural en otros países. Con Trump en el poder y la idea de que la mentira puede quedar impune, van ascendiendo todos los que se ven en su espejo, desde Matteo Salvini en Italia, a la irrupción de Vox en España.

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La cuestión es saber si un Estado democrático como el norteamericano está al límite de lo que puede aguantar o todavía queda margen. Trump lo tiene todo. Desde ocultar el pago por la contratación de servicios sexuales, no sabemos si incluso con dinero de campaña, a la trama rusa, los trabajos del fiscal especial Robert Mueller empiezan a tener una carga de sospecha elevada que ojalá pueda acabar con la peor versión de la primera potencia mundial: un Estado democrático convertido en el país de las mentiras.