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Nómadas y viajantes

Inmigrantes rescatados en el mar y llevados al puerto de Málaga, el pasado mes de diciembre. 

REUTERS / JON NAZCA

Mangantes, sí; migrantes, no

Ramón Lobo

Es mejor que una ciudadanía desarmada crea que le roban los pobrísimos que vienen en pateras y no los riquísimos que se mueven en yate de paraíso fiscal en paraíso fiscal entre la admiración y el aplauso de los saqueados

Los migrantes son los nuevos judíos en el discurso xenófobo de siempre. Cambien una palabra por la otra y verán cuál es el peligro al que nos enfrentamos. La primera bala se dispara desde el lenguaje. Empieza en la deshumanización del Otro elevado a amenaza existencial. El problema es que funciona en las urnas. Los dirigentes racistas se mueven en un campo abonado por la ignorancia y el desconcierto ante los cambios tecnológicos y los efectos de la crisis.

En tiempos de mudanza, en los que está en juego la democracia misma en un universo cada vez más orweliano e invasivo, y menos libre, los ciudadanos se aferran a la ficción de la identidad, como si esta residiera en el portal de Belén o en los bailes regionales. En unos años, estos ultras nacionalistas defenderán el Black Friday como parte esencial del ser de la patria. Es un recorrido sin memoria.

Los jóvenes españoles emigrantes

Migrante es todo aquel que cambia de país, según la definición de la ONU. No hay una primera división para los expatriados (de nuevo, el lenguaje) y otra para los migrantes.

Son un todo de 258 millones. La mayoría se movió de manera legal y segura.

Más de un millón de jóvenes españoles emigraron por la crisis, pero los xenófobos no hablan de ellos, prefieren atacar a los extranjeros que huyen de guerras y hambrunas en las que no somos inocentes. La gente se deja envolver por falacias sin preguntarse si su estilo de vida y las políticas de sus Gobiernos contribuyen a la existencia de países inseguros para sus habitantes. Me refiero a la venta de armas, a la acción de empresas sin escrúpulos y al comercio injusto.

Los racistas afirman que los migrantes vienen a robarnos. Según los datos de la ONU, los migrantes gastan el 85% de lo que ganan en el país de acogida. En España, con la tasa de natalidad más baja en 40 años deberíamos saber que los migrantes son los que salvarán el Estado del bienestar, y las pensiones. Son necesarios, siempre lo fueron.

El nuevo caballo de batalla de la extrema derecha xenófoba global es el Pacto Mundial para una Migración Segura Ordenada y Regular promovido por Naciones Unidas (solo a la ONU se podría ocurrir un título tan largo). Lo han aprobado en Marraquech 150 países –entre ellos España–. Pese a que tiene más pompa que prosa, los Trump y compañía se han lanzado a la yugular. Es un mero catálogo de buenas intenciones no vinculantes desde el punto de vista jurídico, es decir, papel mojado, como lo son los acuerdos para frenar el cambio climático. Pero algo es algo. Es urgente alterar el relato racista.

¿No apoyaba Trump una migración ordenada y regular? Pues debía ser 'fake news'. Su gobierno ha hecho todo lo posible para hacer descarrilar el pacto. Tampoco lo han firmado Italia, Hungría, Polonia, Austria, Eslovaquia, Bulgaria, Suiza, Israel y Australia, entre otros. El presidente húngaro, Viktor Orbán, dice que abría la puerta a convertir la migración en un derecho humano, algo que es falso.

Trabajo esclavo

El documento se interesa por la situación de los migrantes sin papeles que carecen de derechos en un entorno de trabajo esclavo. De ese clima, y no del talento, surgen los milagros económicos como el del Ejido. La ordenación de los flujos migratorios es una urgencia. En estos 18 años han muerto más de 60.000 personas en viajes peligrosos. Dos tercios de los fallecidos el año pasado fueron en el Mediterráneo.

La obligación de un gobierno responsable es construir puentes entre los que llegan y los que están. Son necesarias políticas de integración, y de información. Se habla poco de los beneficios de la migración. Los célebres 'boat people', que escaparon en barcas de las guerras de Vietnam y Camboya en los años setenta, levantaron negocios y pagan impuestos en el país de acogida. No hay noticias de un aumento de inseguridad, otro de los argumentos falaces que esgrimen los xenófobos.

La migración es un gran motor económico mundial. En el 2017 movió 450.000 millones de dólares en remesas a países en desarrollo, tres veces más de lo que se gasta en ayuda al desarrollo. Sin ese dinero, los países con problemas tendrían más problemas, y habría más migración.

La ecuación parece sencilla. El problema es que no se desea resolver. Es mejor que una ciudadanía desarmada crea que le roban los pobrísimos que vienen en patera y no sus élites políticas y económicas, o los riquísimos que se mueven en yate de paraíso fiscal en paraíso fiscal entre la admiración y el aplauso de los saqueados.