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MIRADOR

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe al president de la Generalitat, Quim Torra, en el palacio de la Moncloa.

JUAN MEDINA (REUTERS)

¿Hablar por hablar?

Laia Bonet

No puede haber diálogo sin estar dispuesto a preguntar y también a escuchar

¿Qué pasó para que todo haya cambiado tanto en tan poco tiempo? ¿Qué pasó para se haya instalado la idea en algunas personas de que una sesión del Consejo de Ministros en Barcelona pueda ser una provocación y una ocasión para generar una tormenta perfecta para la ruptura institucional?

La reunión entre Sánchez Torra del pasado 9 de julio, en la que Torra destacó haber podido hablar de todo, y en que Sánchez subrayó de Torra su extrema educación, se cerró con un paseo por los jardines de la Moncloa, durante el cual visitaron la fuente de Guiomar, en la que Antonio Machado se veía a escondidas con su amor y por la que Torra se había interesado durante su encuentro con Sánchez en la inauguración de los Juegos del Mediterráneo.

Todo apuntaba a una nueva época de distensión, de valorización de la política para la resolución de problemas. Ese fue el acuerdo al que llegaron ambos en aquella reunión, más allá del compromiso de Sánchez de reactivar las comisiones bilaterales y revisar los recursos interpuestos por Rajoy a algunas de las llamadas leyes sociales, y del compromiso de Torra de apoyar al Gobierno en la derogación de la ley mordaza y en las iniciativas sobre memoria histórica.

Desde entonces, se han celebrado más de una veintena de reuniones bilaterales entre representantes de ambos gobiernos; se ha acordado devolver ya a la Generalitat parte de la deuda pendiente; se ha autorizado al Gobierno catalán a refinanciar parte de su deuda; se ha acordado la integración de los Mossos en el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado; se han retirado los recursos de inconstitucionalidad contra las leyes catalanas de sanidad universal y la ley contra los desahucios y se está en camino de hacer lo mismo con la del cambio climático y la de la agencia de protección social. Y se ha previsto en los presupuestos del Estado para el 2019 una partida de fondos extraordinarios de liquidez autonómica, de los que un tercio se destinaría a Catalunya.

Este balance, sin duda positivo, está encima de la mesa. Cierto, no todo es positivo. Hemos constatado que el Gobierno del Estado, aunque situando las acusaciones en delitos parcialmente distintos y con penas por lo general situadas en franjas sensiblemente más bajas, mantiene su rol acusatorio en el juicio sobre los hechos de septiembre y octubre del 2017. Y hemos asistido al inicio de unas huelgas de hambre dolorosas y controvertidas -incluso entre los independentistas- y a una innegable conversión de Torra en activista, renunciando a su responsabilidad como presidente, con llamadas -también cuestionadas- a la vía eslovena.

¿Pero todo ello es suficiente para olvidar el balance positivo y las oportunidades de continuar en esa senda? Hay que seguir hablando. Pero "para dialogar, preguntad primero; después..., escuchad", afirmaba Machado, poeta que gusta a ambos presidentes. Pues eso. Quien piense que ya no tiene sentido hablar; que hablar, en el contexto actual, es hablar por hablar, quizás haya olvidado que no puede haber diálogo sin estar dispuesto a preguntar y también a escuchar. Está en sus manos.