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Literatura y gastronomía

El amor por la comida

LEONARD BEARD

El amor por la comida

Care Santos

Me gustan la literatura, las películas y las series de cocina, y los adictos a los fogones. Me parece un síntoma de civilización, de cultura, eso que tanto necesitamos en tiempos atribulados

Confieso que me gustan los libros de cocina. Los recetarios al uso, los históricos o los geográficamente delimitados tanto como los tratados antropológicos sobre por qué comemos lo que comemos (es decir, por qué somos lo que somos). Los libros de historia de la gastronomía, de una gastronomía en particular o de un ingrediente concreto. Los de lucimiento personal del último chef de moda o los de escritores sibaritas, como Dumas, Verne, Camba, Luján… Los que proponen un recorrido por los restaurantes de una ciudad, de un tiempo o de una literatura. En mi biblioteca conviven 'De re coquinaria' con 'Roald Dahl’s Cookbook', 'El que hem menjat' de Josep Pla y diversos recetarios de comida peruana, nipona, mexicana o mallorquina -por citar algunos-. «No hay amor más sincero que el amor a la cocina», escribió Bernard Shaw. Y casi ninguno tan evocador. Un solo bocado nos puede traer de vuelta el pasado y quien lo pobló.

Comida y ficción narrativa

También me gustan los novelistas que se molestan en narrar qué comen sus personajes. Pocas cosas hay más difíciles en el arte de la ficción narrativa que sentar a los personajes a una mesa, sobre todo cuando la mesa está en otro tiempo o en otro país. Hay que saber qué se comía en esas coordenadas espacio-temporales, y cómo: de qué modo llegaban las viandas al plato, cómo se servían, cómo se paladeaban. Porque, si bien es cierto que la costumbre de comer para festejar, o de festejar comiendo, es universal y atemporal, cada tiempo y cada sitio lo hace a su modo. Adoro a los escritores que se toman la molestia de conocer ese modo y narrarlo. Adoro a Tolstoi, a Maupassant, a Cervantes, a Dinesen. Y detesto a los que me dicen que sus protagonistas comen pero no entran en detalles. Y, claro está, me encantan los relatos sobre comida, sobre cocineros, sobre banquetes.

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Lo mismo me ocurre con las series televisivas donde se ve comer a los personajes. Qué bien me lo pasé con 'Downton Abbey', acompañando a señores y criados en sus desayunos, almuerzos, meriendas, horas del té y cenas. Y qué bien leyendo 'En el piso de abajo', las memorias de Margaret Powell, la cocinera real que inspiró el personaje de la señora Patmore, la cocinera de los Grantham en la ficción. Cómo disfruté 'Comer, beber, amar', de Ang Lee, y su lujuria de recetas chinas tradicionales. Y cuánto 'Como agua para chocolate', con el mismo festín pero en mexicano. Fui fan, por supuesto, de Carvalho y sus recetas y también de Dahl y las suyas, sin distinciones. Entre mis libros gastronómicos los hay también de recetas imaginarias: desde el falso recetario de Leonardo da Vinci, que fue en verdad un divertimento de dos editores ingeniosos, hasta 'Fictitious Dishes', uno de mis favoritos, que ofrece un recorrido fotográfico de los menús que sirven algunos clásicos de la literatura universal.

Personajes adictos a los fogones

Supongo que era normal que acabara enganchada a series televisivas de gastronomía. Hay tantas que comienzan a resultar tediosas. Demasiado chef nómada recorriendo Asia en busca de lo más raro que pueda encontrar. Todos tienen su serie en Netflix, pero pocos suenan a nuevo como sonaban algunos de sus predecesores. El británico Jamie Oliver, por ejemplo, el rey de las recetas rápidas, sanas y exóticas, todo en uno. O el coreanoestadounidense David Chang, el renovador de los fideos orientales. Tienen en común ser hombres de su tiempo: viajeros, curiosos, comprometidos y mediáticos. Sus cocinas son para una mayoría de gente como ellos, superocupados que quieren cocinar pero no tienen tiempo. Los dos son propietarios de cadenas de restaurantes, hacen programas de televisión, publican libros y apadrinan causas nobles. La de Oliver, enseñar a comer bien a los niños ingleses. La de Chang, luchar contra los prejuicios y el racismo a través de la comida. Pertenecen a una generación de cocineros que conecta con la gente de su edad y su tiempo, que huyen de elitismos y de experimentaciones culinarias. Por supuesto, en mi biblioteca están también sus libros. Como lo están los de Karlos Arguiñano, 'La cocina española moderna', de Emilia Pardo Bazán o 'El arte de la cocina francesa' de Julia Child, la primera cocinera mediática de Estados Unidos, protagonista de una película cursi pero deliciosa protagonizada por una gran Maryl Streep, 'Julie & Julia'. Cuentan que en el rodaje la actriz, experta cocinera, tomó clases de cocina de Francia y disfrutó de lo lindo.

Me olvidaba de decir que también me gustan las actrices, los músicos, los escritores, todos los personajes públicos que se confiesan adictos a los fogones. Me gustan los políticos que se fotografían en Instagram haciendo magdalenas o paellas. Me parece un síntoma de civilización. De cultura. Eso que tanto necesitamos en tiempos atribulados.

Estamos en el mes en que más se come y se cocina del año. Ojalá lo hagamos con pasión y cultura. Y que la digestión sea plácida.