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Análisis

La verdad de Dembélé

JORDI COTRINA

La verdad de Dembélé

Antonio Bigatá

Por error o por mala intención, algunos se han propuesto empujar al jugador francés fuera del club

Me encanta que Munir sea un tipo muy puntual cuando Valverde lo convoca para un entrenamiento. Eso habla bien de él. Muchas señoras de orden tal vez lamentarán que no sea su yerno. Pero aun así cuando hay partido yo prefiero que juegue Dembélé pese a sus retrasos. Que si tienen que enseñarle puntualidad lo hagan y si es un tema de multas que se las pongan, pero no conviertan eso en algo más importante de lo que es. Y que nadie -salvo que sea un hincha del Real Madrid o el locutor de alguna cadena televisiva de alcance nacional- diga que en el Barça nadie lleva el timón porque Dembélé llega tarde a algunos entrenamientos y aun así lo alinean. Si eres un delantero del Barça, el desastre es no emocionar con tu juego, no entenderte con Messi  y no marcar goles.

Que nadie piense que la disciplina interna es trascendente dentro del mundo del fútbol. ¿No habían oído hablar de que los futbolistas de élite suelen ser chicos jóvenes ya multimillonarios nacidos en los extrarradios y que viven rodeados de amigos poco cultos y sin empleo? ¿No sabían que a veces se quedan pegados a las sábanas después de pasarse noches enteras en vela? Y reconozcan conmigo, por favor, que dedicar las veladas a hincharse de videojuegos, como parece hacer Dembélé, no es a lo peor que pueden dedicar las noches de cara a su estado de forma físico.

Muchos antecesores de Dembélé han hecho en Barcelona cosas bastante más discutibles que él

¿Para cuándo dejamos la vista gorda inteligente y damos margen para que se resuelva el problemilla con mano izquierda inteligente?  Hay que educarle, por supuesto; pero sobre todo hay que evitar que alguna vez llegue tarde al avión que debe llevarle a una final. Ha sido mezquino convertirlo en piedra de escándalo y olvidar en su caso la larga tradición de hipocresías con la que se han llevado generalmente estos temas. Muchos antecesores de Dembélé han hecho en Barcelona cosas bastante más discutibles que él, y para no disgustarles, para que el domingo siguiente -o a veces incluso el día siguiente- no estuviesen de malhumor y fallasen los goles, las directivas y los periodistas afines cuidaban para que sus errores fuesen un tema tabú de los que únicamente se susurran por lo bajini. Se esforzaban para no llevarlos informativamente al centro de la plaza pública, para evitar abochornarlos, para impedir que la parte más ursulina de la grada les silbase, y para, en definitiva, no empujarles hacia afuera del club. Porque eso es lo que, creo que por error, algunos se habían propuesto hacer con este futbolista francés después de llegar a pensar era mal jugador y que tenía que venderse inmediatamente a quien pudiese compensar al menos una parte de lo que costó.

No estoy a favor del relajo total, pero pido que seamos todos un poco más inteligentes y no confundamos la pertenencia a la plantilla del primer equipo del Barça con la entrada en un convento donde lo importante es ser santo, ordenado, obediente, limpio y casto. Aunque estemos distorsionados por la presencia de ese santo varón atípico llamado Messi, tan serio, comedido y familiar que incluso suena para suceder al Papa Francisco, o aceptamos que el fútbol de alto nivel es cosa más bien de golfitos tipo Neymar o Ronaldinho, o nos convertimos en adictos de los partidos que juegan entre sí los antiguos alumnos de las escuelas del Opus Dei una vez ya han sido despiojados de quienes alguna vez y sin querer cayeron en la tentación de dar alguna patada...  o llegaron tarde a los rezos.

Dembélé, sí. Por lo menos mientras progrese como jugador y todos sus problemas sean esos retrasos por culpa de las sábanas. ¿Que tiene que ser más puntual? Sin duda. Pero del mismo modo que todos los demás debemos hacer más ejercicio, comer sobrio, beber moderadamente, no estar tanto delante del televisor y equivocarnos menos a la hora de ir a votar.