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Theresa May, en la Cámara de los Comunes. 

El enemigo en casa

Rosa Massagué

Con o sin retoques de los Veintisiete, los ultraconservadores británicos no cambiarán de parecer en su acoso a May

Los británicos se vanaglorian con razón de que el suyo es uno de los parlamentos más antiguos del mundo aunque su actual edificio neogótico y la liturgia que acompaña su actividad es cosa de la época victoriana, es decir, de anteayer. El Parlamento de Westminster es, en cualquier caso, la segunda institución más importante del Reino Unido después de la monarquía y es también la suprema autoridad legislativa. Es pues lógico que los diputados de todos los partidos y por razones opuestas se molestaran mucho cuando la primera ministra del Gobierno de su majestad creyó posible prescindir de ambas cámaras, la de los Comunes y la de los Lores, para dar por bueno el acuerdo de retirada del Reino Unido de la Unión Europea.

El Parlamento ha sido la china en el zapato de Theresa May (siendo una coleccionista de calzado, la frase hecha es adecuada). Ahora, sus botas de siete leguas la han llevado a diversas capitales europeas y a Bruselas en un intento desesperado en busca de un salvoconducto que le permita regresar a Westminster con garantías de supervivencia del acuerdo. La suya se está agotando rápidamente y ya ha tenido que renunciar a liderar al Partido Conservador en las próximas elecciones generales previstas para el 2020.

Fue la denuncia de una ejecutiva y un peluquero lo que obligó a May a pasar por el Parlamento para activar las negociaciones de salida de la UE después de que el Tribunal Supremo fallara a favor de la demanda presentada por aquellos ciudadanos contrarios al ‘brexit’ a principios del 2017.

Y en septiembre del mismo año llegó la constatación de que el Parlamento le plantearía muchos problemas a May cuando la Cámara de los Comunes aprobó por solo 37 votos la ley por la que se incorporan 12.000 normas europeas a la legislación británica. El Gobierno evitó entonces la derrota gracias a unas abstenciones y a unos votos de la oposición.

Los parlamentarios revoltosos contrarios al ‘brexit’ nunca han dejado de maniobrar. El pasado martes la primera ministra aplazó la votación en la Cámara de los Comunes sobre el acuerdo de retirada. Los cálculos decían que cien de los suyos votarían en contra lo que sumado a los votos negativos de la oposición supondrían una derrota. Ganando tiempo pensaba ganar también votos de los parlamentarios indecisos. Sin embargo, los hubo más rápidos. Los radicales antieuropeos presentaron una moción de confianza de su partido. May la ganó, pero constató que los cien habían crecido a 117, una tercera parte de los diputados conservadores, y no fueron más porque en un gesto extremo minutos antes de la votación aseguró que no sería candidata a las próximas elecciones.

Bruselas puede hacer algunos retoques cosméticos al acuerdo, posiblemente mediante una declaración anexa que dé garantías al Reino Unido y satisfacción a May, pero lo que no puede ni debe hacer es reabrir el acuerdo ya pactado. Con o sin retoques, los ultraconservadores no cambiarán de parecer. Claramente, el enemigo de May está en casa. En la de su partido. Por eso siempre quiso evitar el Parlamento.