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La llegada de la democracia

Lo que añoro de 1978

FRANCINA CORTÉS

Lo que añoro de 1978

Ángeles González-Sinde

Fue el mejor país para ser adolescente y rescataría de él la capacidad de transmitir a los hijos que la realidad se puede transformar, que la política sirve, que nos espera un gran futuro

En diciembre de 1978 yo tenía 13 años. Hacía cosas de adolescentes: juntarme con los del cole los sábados por la tarde, ir al cine o dar vueltas por el parque. A diferencia de los niños de hoy, gozaba de total libertad para disfrutar de la calle. El fantasma de la inseguridad no había colonizado aún la imaginación de los progenitores. La hemeroteca, no obstante, contradice esa percepción: abundaban los atracos, pues la adicción a la heroína disparaba la delincuencia; la ultraderecha amedrentaba cuando no atacaba, y los atentados de ETA se habían multiplicado. Si en 1977 asesinó a 12 personas, en 1978 fueron 64 los muertos, muchos en Madrid, donde yo vivía. Los adolescentes aprendimos a evitar los edificios custodiados por guardias civiles, por si acaso.

Nuestros padres estaban exultantes

Nuestros padres, al menos los progres, estaban contentos, exultantes. Por fin había llegado la democracia. Nos habían llevado a la Fiesta del PCE en la antigua Feria del Campo. Más de medio millón de asistentes escuchamos a cantantes y poetas, comimos bocatas de productos desconocidos, como un extraño pan oscuro que llamaban integral y se rellenaba con lechuga y zanahorias, tan suculentos como las butifarras con 'pan tumaca' que traían las agrupaciones del PSUC. No solo la gastronomía nos seducía a los niños zampones, también los mítines. Percibíamos la emoción colectiva en cada célula de nuestra tierna piel. Cuentan las crónicas que Santiago Carrillo estrechó tantas manos que sufrió un desgarro muscular. Abandonábamos la infancia en el momento perfecto para apasionarnos por la política sin ser detenidos por los grises como nuestros padres y abuelos.

'Mi querida señorita', 'Un hombre llamado Flor de Otoño', 'La escopeta nacional' y bastantes películas españolas más estaban en cartel. Encontraban la sintonía del público, los cineastas tenían respeto y admiración aquí y fuera. Pero la peli que mis amigos y yo queríamos ver era 'Grease', que era para 18 años. Mis padres se negaban. Blas de Otero y Alberti, sí, pero John Travolta era demasiado fuerte. Mi padre, José María González-Sinde, había estrenado en abril 'Solos en la madrugada', una película producida por él y escrita con José Luis Garci. Un exitazo tan grande como la del año anterior, 'Asignatura pendiente'. En ellas se hablaba de la Transición cuando la Transición aún estaba sucediendo y los espectadores se reconocían en los personajes de Pepe Sacristán y Fiorella Faltoyano.

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Asuntos que hoy nos preocupan no estaban en la agenda política. Los fuertes movimientos feministas de los 70 quedarían relegados. Los líderes, tanto de izquierdas como de derechas, consideraban más apremiantes otras transformaciones. No hay más que ver la portada de 'Abc' del 6 de diciembre. Para representar a cada una de las constituciones de nuestra historia, el gran Mingote dibujaba seis señores a los que se sumaba un jovenzuelo al grito de "¡Ya estoy aquí, abuelitos!" Ni asomo de mujeres, aunque alguna de esas constituciones se llamara Pepa.

Calcetines de colores

Ese verano yo había estado en Inglaterra y por fin había podido tocar lo que hasta entonces solo había podido admirar en foto: ¡calcetines de colores! En el (literalmente) gris Madrid de mi infancia, los calcetines siempre eran oscuros. Pero yo había detectado en revistas como 'Dunia' que en Barcelona había abierto un lugar paradisíaco: el Bulevard Rosa. Algún día yo iría a Barcelona y conocería la explosión de color que su nombre sugería. Porque a partir de la Constitución, todo empezó a cambiar velozmente. A diferencia de la adolescencia de mis padres, tan de posguerra, la mía sería una descarga de vitalidad cultural que contaría con el apoyo de los nuevos organismos y ayuntamientos democráticos.

Pocos meses más tarde acudiría a mi primer concierto en el pabellón del Real Madrid, Mike Oldfield, y tras el verano, Lou Reed. Y aunque los conciertos tenían su riesgo (aforos sobrepasados, una organización inexperta y una policía que se ponía nerviosa fácilmente podían prender la mecha) yo disfrutaría de la bendición familiar para invertir en ellos mis pagas. Nada me ocurrió nunca. No sé si sería la Constitución, sus padres, o los míos y sus coetáneos y coetáneas, pero el país que me tocó vivir fue, sin duda, el mejor para ser adolescente. Eso es lo que rescataría de 1978. La capacidad festiva de transmitir a los hijos que la realidad se puede transformar, que la política sirve, que las instituciones son de todos, que nos espera un gran futuro, con riesgos, pero también con proyectos e ilusiones colectivas por delante.