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La clave

Pedro Sánchez, en el Congreso.

ZIPI (EFE)

De principios y poltronas

Enric Hernàndez

A este paso los barones del PSOE, que ya se desmarcan de Sánchez y hasta flirtean con ilegalizar el independentismo, catapultarán a Vox a la Moncloa

En el PSOE se acabaron los días de vino y rosas. Tras el batacazo electoral de la baronesa andaluza, los barones que se juegan el cargo en mayo ponen sus barbas a remojar. Cuando Susana Díaz identificó como un error no haber entrado al trapo catalán que paseaban las derechas, en realidad culpaba de su desdicha a las supuestas contemplaciones de Pedro Sánchez con el independentismo catalán. De ahí que en algunos feudos socialistas ya se empiece a juguetear con el 155 o con la posible ilegalización de las fuerzas secesionistas

Nada nuevo bajo el sol. La anterior generación de barones del PSOE, hace más de una década, resoplaba contra José Luis Rodríguez Zapatero por el Estatut, como si reformarlo rompiera España. Luego corrieron a reformar los suyos y hasta copiaron el catalán; eso sí,  en bien de la unidad patria. Llegada la crisis, en vez de cerrar filas con el presidente del Gobierno lo empujaron a precipitar su renuncia, pensando que así minimizarían el impacto electoral en sus respectivos territorios. En vano. 

Es sabido que en todos los partidos los principios se supeditan siempre a la conservación de las poltronas. Y que, agotado el periodo de gracia de Sánchez y el 'jogo bonito' posterior a la moción de censura, cuando el campo de embarra pocos quieren ensuciarse las botas. Pero una cosa es ponerse de perfil cuando el líder de tu propio partido está en apuros y otra muy distinta sumarte a la jauría que lo quiere descuartizar a dentelladas.

Cesiones inexistentes

Se da así la paradoja de que el independentismo maldice a Sánchez por no facilitarles una salida a su laberinto, mientras el PP y Cs demonizan del presidente por sus inaceptables (e inexistentes) claudicaciones. Si además los barones siguen emulando las bravatas extremistas de Vox, acabarán catapultando a Santiago Abascal a la Moncloa.

Y, sin embargo, la virtud sigue estando en el centro. Hace bien el presidente en amonestar al Govern sin cerrar la puerta al diálogo dentro de la ley, ni tampoco sobreactuar con respuestas desproporcionadas. Lo demás quizá dé votos a corto plazo, pero a la larga quebraría el país y dinamitaría la convivencia.