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ANÁLISIS

Pedro Sánchez interviene en el pleno del Congreso.

JOSÉ LUIS ROCA

La raya roja

Luis Mauri

Sánchez no puede permitirse debilidad ante nuevas tentaciones unilaterales o desnortadas. El independentismo no puede permitirse a Torra

Europa y sus angustias se pasearon ayer por las cámaras legislativas españolas. La Francia ardiente de los chalecos amarillos entró en el Parlament. El Reino Unido tronchado por el ‘brexit’, en el Congreso.

Europa, la Europa social surgida tras las dos guerras mundiales, zozobra con gran peligro. La sacuden con violencia varias fuerzas destructoras que se alimentan unas a otras. La depauperación de las clases populares. El galope obsceno de la desigualdad. El fracaso de la política en la protección de las víctimas de la Gran Recesión y de los sistemas de bienestar social, en el combate contra la corrupción y en la gestión de los flujos migratorios. Y, por último, la siembra de miedo y odio en un terreno abonado por el descalabro, el desamparo y la inseguridad, de la que la ultraderecha extrae abundantes cosechas.

Las congojas de Europa se pasearon por el Parlament y el Congreso, en efecto, pero no para analizar la irresistible atracción del abismo y ver cómo detenerla. La revuelta francesa y la ruptura británica aparecieron como vanos argumentos de conveniencia en la trifulca catalana. 

Una peculiar gesticulación

Aflicciones europeas al margen, Pedro Sánchez ha trazado una raya roja frente a la peculiar y afanosa gesticulación del 'president'. En pocos días, Quim Torra ha incitado a los CDR a la lucha en la calle; ha exigido purgas en los Mossos por frenar el intento de los CDR de reventar una manifestación autorizada de Vox; se ha retractado de esto último cuando los Mossos le han dicho que por ahí no pasaban; ha ordenado pasividad policial ante el bloqueo de autopistas; ha exaltado la vía eslovena a la independencia, que incluye una guerra breve con muertos y heridos y una posterior limpieza étnica administrativa, y ha dado nuevas instrucciones tácticas a los CDR sugiriéndoles que no acosen a los Mossos.

El endurecimiento de Sánchez tiene que ver, evidentemente, con el rejón de castigo que le han propinado las elecciones andaluzas y con las inciertas citas electorales del 2019. Pero sin estas, la inflamación de Torra habría merecido una respuesta similar. Estaba anunciada desde el día en que Sánchez ganó la presidencia. El líder socialista tendería la mano a los independentistas en busca de una desescalada de la tensión, pero ante una nueva amenaza de quiebra de la legalidad la respuesta del Gobierno sería tanto o más contundente. Por convicción y, también, por instinto de supervivencia política. Si ya entonces Sánchez no se podía permitir lo contrario, menos aún en vísperas electorales.

Cuanto peor, mejor

La cuestión es si los independentistas pueden permitirse a Torra. El sector que suspira por el cuanto-peor-mejor, por supuesto que sí. El que anhela por la ampliación de su base social se tira de los cabellos. Hoy, solo los presos (es decir, la desmesura de la reacción judicial) mantienen prietas las filas independentistas. Los estrambotes del 'president' no suman adhesiones; si acaso, restan por espanto. Y además brindan argumentos al Estado. Y a la derecha más vocinglera. 

Sánchez no puede permitirse debilidad ante nuevas tentaciones unilaterales o desnortadas. El independentismo no puede permitirse a Torra.