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Dos miradas

Lluís Homar, en ’La néta del senyor Linh’.

ALEIX FREIXAS

Desolación y piedad

Josep Maria Fonalleras

Corran al Lliure a ver 'La néta del senyor Linh', con Lluís Homar. Es un cuento, explicado al oído, sobre la infinita tristeza que se extiende como el horizonte. Sobre la fuerza poderosa de una sonrisa que vence a la soledad y la nada

Este jueves se presenta en el Teatre Lliure 'La néta del senyor Linh', que se estrenó hace una semana en Temporada Alta. Fui el día del estreno y repetí al día siguiente. Aun sabiendo el secreto de Sang Diû, que también sabrán todos los que hayan leído la novela de Philippe Claudel, no solo no mermaron las emociones que la historia despierta sino que todavía me fascinó más el relato del refugiado que llega a un país desconocido, sin olores, sin paisaje, sin la presencia física de alguien a quien amar. El refugiado que proviene de una guerra (no importa qué guerra) y que descubre, poco a poco, la fuerza indestructible de la ternura, de aquel mínimo gesto que consiste en saludar con un "buenos días" o poner la mano sobre el hombro del amigo.

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Lluís Homar lo ha vuelto a hacer. Él solo representa todos los papeles de una fábula que nos descubre un mundo a partir del mapa sonoro que él mismo dibuja en directo y a partir del mapa de palabras que se nos acercan como si nos adentráramos en el escenario de la desolación y la piedad. Corran a ver el montaje dirigido por Guy Cassiers, un prodigio técnico y sensible donde el tono sostenido de Homar, pausado y lento, alejado del artificio, nos habla de la vida y de la muerte, de los baches terribles y las leves esperanzas. Un cuento, explicado al oído, sobre la infinita tristeza que se extiende como el horizonte. Sobre la fuerza poderosa de una sonrisa que vence a la soledad y la nada.