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Tiempos de 'telecracia'

Simpatizantes de Vox celebran el resultado de las elecciones andaluzas

REUTERS / MARCELO DEL POZO

Política gamberra y anticonsensos

Toni Aira

La simplificación de mensajes y la carga emotiva en los discursos han reforzado el papel de los líderes de impacto

La caída del muro de Berlín y la obsesión por adaptarse a las sociedades del entretenimiento llevaron a una creciente desideologización de la política en el mundo occidental. Nuestros hábitos de consumo de la información provocaron una mayor simplificación de los mensajes y una mayor carga emotiva del discurso político, ya que cada día es más eficaz apelar a nuestra razón a través de la generación de sentimientos. Y la síntesis de todo ello ha ido llevando a una personalización creciente de la política, donde los líderes entendidos como iconos, como marca o como producto son el gran vehículo y bandera de unas formaciones políticas muy tocadas en su credibilidad. Ellos, los líderes, son quienes generan las principales adhesiones y controversias en el centro del debate. Y así es como emergen (a diferentes velocidades, según el contexto) liderazgos políticos de mayor impacto. A lo gamberro. A lo Donald Trump. A lo Matteo Salvini. A lo Santiago Abascal.

Porque ellos, desde las instituciones, golpean directamente en el rostro a los partidos que las han capitalizado durante décadas y a los liderazgos hijos de la política tal y como la hemos conocido hasta hace poco. Cuando Abascal dice tras la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz con 12 diputados que ellos han llegado para desplazar a los que han estado “manejando el cotarro” en la Junta de Andalucía durante décadas, es eso, en forma y fondo. Ese 'macarrismo', que unos describirán como matonismo, otros como gamberrismo, pero que en definitiva es un estilo que describe una filosofía de fondo, y que emerge en tiempos de 'telecracia' y de aversión a los consensos.

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Cuando el entreno de portavoces y los avances técnicos en las cámaras de representación convierten los hemiciclos en platós que invitan a la sobreactuación lo primero que sale disparado por la ventana son los consensos. Cuando el diálogo real (no retórico), la transacción y la moderación suenan a pasteleo, a manejo y a cambalache quiere decir que algo ha cambiado en profundidad en la manera de relacionarse de la ciudadanía con la política. No solo en forma.

Y ahí la responsabilidad es de todos, ciudadanía y políticos, empezando por los hasta ahora instalados. Los mismos que también impidieron en ocasiones que medios entraran en sus mítines, para así realizar a placer imágenes propagandísticas luego emitidas en telediarios. Eso sí, no hacían bandera de ello, como ahora la hace Vox cuando veta a teles como La Sexta. Pero son los mismos que han ido elevando el tono y la crispación de sus discursos, aun negando lo que ahora partidos como Vox admiten, incluso jugando con el concepto como lo hacía en la noche electoral andaluza el número uno por Sevilla, Francisco Serrano: “¡Somos de extrema… necesidad!”. Extrema. Como su oferta. Extrema. Como la política gamberra y anticonsensos que nos está quedando.

Revertirlo requerirá mucho trabajo de todos, algo de ayuda de la tradicional 'ley del péndulo' que a menudo nos acompaña, y que algún valiente y serio (que no aburrido) de la moderación se apresure a ponerle el cascabel al gato.