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Unos ’chalecos amarillos’ siguen el discurso de Macron por televisión, en La Ciotat, cerca de Marsella.

REUTERS / JEAN-PAUL PELISSIER

Macron y la rabia

Marta López

La noche del 7 de mayo del 2017, Emmanuel Macron, que acababa de ser elegido presidente, dijo entender "la cólera, la ansiedad y las dudas" de los franceses que habían votado a la ultraderechista Marine Le Pen. Fueron nadas más y nada menos que 11 millones de personas, demasiadas para ser todas ultraderechistas.  Ahora, transcurridos solo 18 meses de aquella noche de ensoñación colectiva en la plaza del Carrousel del Louvre con el joven líder europeísta, los hechos han demostrado que no había entendido nada de ese tsunami de descontento, ya que atrincherado en el palacio del Elíseo ha sido incapaz durante semanas de valorar la dimensión de la rabia que sacude a Francia.

Hasta que anoche,  en un discurso solemne a los franceses, Macron entonó por primera vez el ‘mea culpa’ y anunció medidas concretas para amortiguar lo que ya es una crisis de estado. La victoria de los 'chalecos amarillos' es evidente pero está por ver si la respuesta, que sin duda llega tarde, les es suficiente.

Las elecciones que entronizaron a Macron revelaron una Francia fracturada territorialmente, socialmente, culturalmente y económicamente.  Frente a unas clases medias urbanas, formadas que daban su apoyo al joven y dinámico dirigente que no se definía "ni de izquierdas ni de derechas", unas clases populares de provincias y de la periferia de las grandes ciudades se rendían a Le Pen. Y además, el hecho de que muchos electores apoyaran entonces al  líder del entonces movimiento En Marche! como antídoto al populismo ultra no significaba que con ese voto de confianza se esfumaban de un plumazo los motivos de su desarraigo.

La chispa del carburante

El malestar social –del que por cierto Francia no tiene el patrimonio en esta Europa cuyo modelo de protección está en crisis- existía cuando Macron fue elegido y sigue existiendo porque las reformas liberales acometidas hasta ahora por el presidente ni han creado empleo ni ha mejorado el poder adquisitivo de los franceses.  La subida de los impuestos de los carburantes fue solo la chispa que prendió la mecha de un movimiento contestatario mucho más amplio: el de los que han dicho basta al deterioro de su nivel de vida. Solo así se entiende el abrumador apoyo social del 60% al movimiento de los ‘chalecos amarillos’  pese al nivel de violencia que le acompaña.

El aumento en 100 euros del salario mínimo anunciado por el dirigente es un paso muy significativo para corregir el rumbo, una medida concreta destinada a reducir el sufrimiento de una parte de la población para llegar a fin de mes.  Pero a estas alturas y con la calle en llamas,  habrá que ver si el anuncio sirve para restablecer la confianza de unos franceses que  se han sentido muy mal tratados  y que ahora reclaman su cabeza. "Queremos que se vaya porque no vive en este mundo",  le decían un grupo de chalecos amarillos a la corresponsal del El Periódico en París, Eva Cantón

Hasta ahora Macron ha gobernado sin escuchar ni pisar la calle, desde su despacho del Elíseo. Ha intentado avanzar en unas reformas que buena parte de la población no entiende. No ha llegado ni a la mitad de su mandato  y en un tiempo récord ha dilapidado la confianza depositada en él por el 64% de los franceses que le apoyaron. Además de subir el salario mínimo, sería también muy deseable que haya entendido que a partir de ahora no puede seguir gobernando desde la ignorancia y de espaldas a la gente.