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Análisis

Los fans de River celebran el triunfo de su equipo.

El autoelogio permanente del hincha argentino

Abel Gilbert

Había que demostrarle al mundo que nadie alienta ni sufre tanto a su equipo como un argentino

Después de un desenlace que pareció interminable, una vez que el árbitro Andrés Cunha dio por terminado el partido, las emociones se repartieron por mitades: los de River Plate, embriagados de felicidad, disfrutaron ese minuto único, y salieron a la calle a recordarle a los vencidos que tienen “un sentimiento que no puedo parar”.

Los boquenses de todas las edades y clases sociales (el fútbol disuelve los enconos y antagonismos) se refugiaron en sus cuartos o eligieron un silencio monacal para soportar el escarnio de no quedarse con la Copa Libertadores. La lluvia que regó a la ciudad de Buenos Aires fue para ellos una suerte de llanto colectivo.

Enclavado entre dos de las avenidas más importantes de la capital argentina, Corrientes y 9 de Julio, el Obelisco, con sus casi 70 metros de altura, se convirtió al caer la tarde en el botín simbólico del ganador de la final. No había dejado de tronar cuando banderas, camisetas y gorros, todos rojos y blancos, empezaron a rodear el monolito. Se gritó el nombre de Juan Quintero, el autor del gol crucial, se cantó y saltó, entre bocinazos y estruendos, con voz ronca o entrecortada. Se dio cuenta de una fe a prueba de conversiones. Hubo, naturalmente, burlas  hacia el perdedor. No faltó la sorna vejatoria: “Nos cogimos (follamos) a Boca”.

Cultura del aguante

El corazón de la ciudad terminó por completar aquello que se vio en Madrid antes, durante y después del partido: una exacerbada puesta en escena de la pasión por los colores. En el cruce entre Corrientes y la 9 de Julio, pero también en otras partes del país, imperó como pocas veces la llamada “cultura del aguante”, esa suerte de ética del sufrimiento que comparten barra bravas e hinchas dispuestos a sacrificar cualquier cosa y borrar el límite entre el goce y el dolor.

Hubo que demostrarle otra vez al mundo y a los argentinos indiferentes de qué manera se vive aquí el fútbol. “Yo te sigo a todas partes”, se cantó en España y volvió a entonarse aquí con el Obelisco como mudo testigo de ese juramento que comparten de manera indistinta los de Boca y River: hay que acompañar al equipo cueste lo que cueste. Se “da la vida”, en lo posible la del otro, si es necesario.

Autoelogio permanente

El sociólogo Pablo Alabarces, señala en su libro “Héroes, machos y patriotas” una de las falacias de la cultura futbolística del país que vio nacer a Alfredo Dí Stéfano, Diego Maradona y Leo Messi: el autoelogio permanente de la pasión. Entre otras razones, señala Alabarces, porque  abre la puerta a las prácticas violentas desde el momento en que se pondera lo inexplicable, lo puro, lo irracional. “La idea se revela como completamente falsa”. La cultura del aguante, recuerda, es además homofóbica, racista y misógina, aunque admita frente al televisor a esposas, novias e hijas. El propio Mauricio Macri, presidente de Boca por casi una década antes de dedicarse a gobernar el país, ha recordado más de una vez todo lo que se pone en juego cuando ve un partido. “A Juliana (Awada, la Primera Dama) le pido que no me haga comentarios. Ahora ya se dio cuenta de que entro en un trance que mejor que no me hable”.

Entre Madrid y Buenos Aires se hizo una versión 2.0 de aquel “Brasil decime qué se siente” con el que los hinchas de clase media y alta alentaron a la selección nacional en Río de Janeiro durante el Mundial 2014. Ellos jugaron otra vez su propio partido. Se filmaron con sus teléfonos para luego testimoniar en las redes sociales todo ese sentimiento de alborozo incomparable. Lo que Alabarces llama “el narcisimo del hincha argentino: somos los que mejor 'hinchamos'”. 

Laboratorio político

La fiesta fue también un laboratorio político: se desarrolló bajo una estricta vigilancia policial. Las autoridades decidieron controlarla desde todos los lugares posibles para que no quedara otra vez asociada al desmán y el escándalo. El secretario de Seguridad, Diego Santilli, hijo de Diego Santili, el único presidente de River Plate que obtuvo una Copa Intercontinental, en 1987,  le avisó de antemano a “la gente” que pagaría “las consecuencias” de posibles desmanes.

La advertencia no es fruto solo de las pedradas de hace tres semanas que obligaron a jugar el partido fuera de Argentina por haber lanzado piedras. El Gobierno quiere poner en marcha un nuevo protocolo policial más allá de los estadios. Se busca permitir a los uniformados disparar un arma de fuego ante la duda de estar frente a un ladrón o sospechoso de serlo por su piel cobriza. Supone que es una manera de recobrar la popularidad que la crisis económica le regatea. Un 60% de los argentinos apoya la idea de ser tan duros o más que Jair Bolsonaro en Brasil. Las amenazas de mano dura no evitaron en la noche de Buenos Aires los incidentes alrededor del Obelisco. Volaron piedras, se rompieron los vidrios de algunos comercios y la policía respondió con gases lacrimógenos. Hubo heridos y detenidos que no dejaron de profesar su amor a River mientran se los llevaban,