26 sep 2020

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EL REGRESO DE LA EXTREMA DERECHA

Simpatizantes de Vox celebran el resultado de las elecciones andaluzas

REUTERS / MARCELO DEL POZO

De los nombres del monstruo

Javier Pérez Andújar

El fascismo ya no corresponde como antaño a un grupo o a una corriente política, sino que hoy es transversal

La izquierda comprende después que la derecha, porque en vez de preocuparle la calle, le preocupa la derecha

Aún nos queda por pasar todo este invierno, pero en primavera la palabra 'fascismo' cumplirá 100 años y sigue tan utilizada como cuando el 23 de marzo de 1919 Mussolini fundó en Milán los Fasci Italiani di Combattimento. ¿Cómo se llamaba al fascismo antes de que naciera esta palabra? ¿Qué nombre se da hoy a sí mismo? Francisco Serrano, el juez prevaricador inhabilitado que ha encabezado las listas de Vox en las elecciones andaluzas, ha dicho en una entrevista: "Somos el partido de los indignados de Andalucía". Fueron los fascistas quienes hace 100 años eligieron su nombre. Nadie se lo puso desde fuera.

Se llamaban a sí mismos fascistas con tanto orgullo como sus contemporáneos podían reivindicarse socialistas, comunistas o anarquistas. Hoy, nadie de quienes son tildados de fascistas se refieren a sí mismos como tales. El fascismo ya no corresponde como antaño a un determinado grupo, a una corriente política. Entonces todo el mundo sabía dónde estaba esa corriente. En qué partidos, en qué periódicos, en qué uniformes, en qué locales, en qué desfiles. Hoy el fascismo es transversal. Y ha sido la derecha quien lo ha comprendido antes que la izquierda.

"Somos el partido de los indignados de Andalucía", ha dicho Serrano con la misma naturalidad con que los ultraconservadores llaman libertad a un sistema de privilegios. Pero la transversalidad no existe. Los indignados de hoy sienten repelús ante los indignados anteriores. La transversalidad es lo que utiliza la derecha para ocupar sola toda la cama. En la transversalidad no cabe todo el mundo.

Puede verse ahora, por ejemplo, en Francia, en la revuelta de los 'chalecos amarillos'. Nadie ha sabido situar políticamente a quienes participan en las movilizaciones, se mezclan lepenistas y nostálgicos del 68, así que no parece ser la ideología lo que aúne a esos indignados. Pero sí que comparten una cosa: la identidad. Todos son franceses blancos, franceses viejos en el sentido que tenía decir cristiano viejo en la España perseguidora de judíos. Pura cuestión de limpieza de sangre.

No hay identidad sin exclusión. Y este mismo tipo de uniformidad es lo que ha amalgamado al espectro de Vox en estas elecciones pasadas. Pero, ¿cuándo y cómo irrumpió el narcisismo, el apego identitario en Andalucía? Como casi todo en la vida, vino alentado desde el poder.

A lo largo de las más de tres décadas que ha gobernado ininterrumpidamente el PSOE en la Junta de Andalucía, y quizá aún más a partir de que se lanzaron a montar la Expo del 92, se ha practicado una política popular de orgullo identitario, de símbolos, de profusión de banderitas blanquiverdes y rojiguladas en todo tipo de fiestas, las de los pueblos, las de las ciudades. Todo esto, potenciado día tras día desde la televisión pública autonómica, convertida en una máquina de lanzar consignas y guiños ultraidentitarios. De emitir programas de éxito que se titulan 'Así somos'. Y así, tras décadas y décadas de ciudadanos creciendo bajo ese discurso, llega el momento en que surge un puñado personas que da un nuevo paso adelante.

Las cosas siempre ocurren de este modo. Las cosas siempre son un poco más de lo que ya había. Aquí lo sabemos bien. En Catalunya nos ha pasado exactamente lo mismo tras las largas décadas del pujolismo. La mezcla de corrupción e identidad es explosiva. El sueño de la vida política produce monstruos. En Andalucía han acabado abriéndoles las puertas del Parlamento a esos monstruos, que una vez se llamaron a sí mismos fascistas y que ahora buscan otros nombres. En Catalunya, nos hemos quedado sin Parlament. Hay más actividad en cualquier jaula del zoo vecino. Otra forma de monstruosidad. Otra forma de identidad.

La izquierda comprende después que la derecha, porque en vez de preocuparle la calle, le preocupa la derecha. Le horroriza que la confundan con ella y solo piensa en eso. Quienes esperaban que la irrupción de Vox fragmentara a la derecha no sabían que la derecha nunca se divide, sino que se multiplica. Antes, para ser de izquierdas bastaba con trabajar en cualquier cosa. Ahora hay que tener por lo menos una carrera.

A la gente solo le queda el voto, y se lo han banalizado. Se vota en las urnas por emoción y por venganza. Más que para hablar, para hacerse oír, igual que se vota en Gran Hermano y en Eurovisión. Se coge la papeleta como se coge el mando a distancia. "Somos el partido de los indignados de Andalucía", ha dicho el dirigente de Vox y le ha arrebatado a la izquierda otro de los símbolos a los que ha renunciado.