10 abr 2020

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La hoguera

La generación del desprecio

FERRAN NADEU

La generación del desprecio

Juan Soto Ivars

Los de mi edad no haremos un país mejor si encaramos la tarea con cara de asco tan milenial. Aprendamos a dar las gracias a los mayores antes de acusarlos de alta traición

Nací en 1985 y tardé un montón de años en ser consciente del privilegio que supone esta circunstancia. Tardé en apreciar la suerte que es no padecer una guerra civil, ni vivir bajo la dictadura de Franco. Tardé en valorar lo que significa no vivir con miedo. No supe cuánto valor tenía que mi padre hubiera estudiado una carrera universitaria para sacarse una plaza de profesor sin ser de buena familia, ni cuánto valía una infancia con juguetes, ni la educación pública, ni el ambulatorio de la Seguridad Social cuando enfermaba. No supe cuánto tenía que agradecer las vacunas obligatorias ni la libertad de expresión, ni el derecho al voto aunque todos los partidos me parezcan la misma mierda.

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Me vino dado. Gratis. Por descontado. Pasé años maldiciendo esta asquerosa sociedad y este sistema asesino, y esta monarquía, y el mercado. Las canciones de La Polla Records me servían para escupir a todo cuanto me era dado sin que me fuera debido, sin que yo tuviera que pagarlo. Hasta que un día, hablando con mi abuela, fui consciente de mi suerte. Pepita Moreno es una mujer que vivió la guerra de niña, que fue pobre toda su vida, que se casó con un pescador y vivió con lo justo con la esperanza de que sus hijos prosperasen. Mi abuela nunca pensó en política. Supo que vino la democracia porque su hermano la llevaba en moto para que votase al PCE.

Y hoy, en la semana del 40º aniversario de la Constitución, veo a muchos de mi edad escupiendo al suelo y murmurando con rabia que nosotros lo haríamos mejor. Permitidme que lo dude. En España hay mucho que mejorar pero hoy nos falta la mano izquierda. Somos demasiado vanidosos, demasiado intransigentes. Nos sobra espíritu crítico pero nos falta potencia creativa. Miramos hacia el pasado con resentimiento y no sabemos encarar el futuro con ilusión.

Si nos toca levantar de nuevo el mundo, si nuestra misión es salvarlo, tendríamos que aprender primero a valorar lo que nos dieron. No haremos un país mejor si encaramos la tarea con cara de asco tan milenial. Aprendamos a dar las gracias a nuestros mayores antes de acusarlos de alta traición.