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análisis

Emmanuel Macron.

AP / GUSTAVO GARELLO

Salvar a Macron

Cristina Manzano

Ojalá el presidente encuentre la vía para reconducir la situación y si lo logra será un buen paso para seguir alejando los fantasmas de la extrema derecha del poder, tanto en Francia, como en Europa.

Muchos comentaristas parecen regodearse estos días con  la primera gran crisis del presidente francés, Emmanuel Macron. El gran negociador, el implacable reformista, ve frenadas, bruscamente, sus aspiraciones de liderar Francia hacia una nueva fase de progreso global. Los que asistieron con recelo a su llegada al Elíseo confirman así sus impresiones sobre su elitismo, su distancia de los problemas de la gente normal y su pretendido gobierno para los ricos.

Pero no es la primera crisis. Decidido a llevar a cabo su programa, y sabiendo que los cambios hay que hacerlos en el arranque de la presidencia, Francia ha vivido una auténtica fiebre reformista: cuando Macron no llevaba ni un año en el cargo, se habían puesto en marcha más de 32 reformas. Varias de ellas, la laboral, la de la función pública o la de los servicios ferroviarios, sacaron también a decenas de miles de personas a las calles, pero la capacidad de negociación del presidente, su firmeza, y su clara mayoría parlamentaria jugaron a su favor. La diferencia, ahora, es que sí es la primera vez que ha tenido que recular. Y no está claro que la moratoria anunciada sobre los precios de los carburantes, el gas y la electricidad vaya a ser suficiente para calmar los ánimos.

Según los amantes de la psicología política, ha tenido que ser un buen golpe para Macron, del que destacan sus biógrafos que le cuesta admitir que se ha equivocado.

Lo cierto es que la revuelta de los chalecos amarillos está sirviendo para recordar algunos aspectos recurrentes y para  sacar a la luz otros menos conocidos.

Entre los primeros, la consabida resistencia de los franceses a las reformas, sobre todo a las que toquen su estado del bienestar. Es una sociedad históricamente orgullosa, que sigue haciendo gala de haber conquistado en la calle derechos que hoy se consideran universales.

Perdedores y ganadores

También la creciente brecha entre los perdedores y los ganadores de la globalización, incluyendo aquí los movimientos ecologistas, las lucha por la igualdad de género y las batallas identitarias. Se ha querido vincular a las diferencias entre el campo y la ciudad, pero no es cierto que la subida de los precios de los combustibles perjudique sobre todo a las zonas rurales. Si acaso, se acrecienta la distancia entre París y el resto.

Más novedosa es la constatación de lo difícil que es aplicar políticas para la sostenibilidad, hasta el punto de que se están convirtiendo en el objetivo de la batalla pobres contra ricos. Igual que la globalización presume de haber disminuido la desigualdad a nivel global, a costa de aumentarla en el interior de los Estados, la introducción de medidas para reducir el cambio climático –cuyos efectos globales sufren más los más vulnerables- se topan con la oposición de los menos favorecidos en las sociedades occidentales.

Asimismo, la transformación de la indignación en formas de violencia ausentes hasta ahora, junto con la presencia de elementos de extrema derecha y de extrema izquierda mezclados en las protestas, supone nuevos desafíos para las fuerzas de seguridad.

Ojalá que Macron y su Gobierno encuentren la vía para reconducir la situación, sin renunciar al objetivo final de cumplir los compromisos franceses con el Acuerdo de París. Si lo logran, será un buen paso para seguir alejando los fantasmas de la extrema derecha del poder, tanto en Francia, como en Europa.