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ANÁLISIS

Santiago Abascal de Vox espera que PP y Cs muevan ficha.

JORGE GUERRERO / AFP

El monstruo que llevamos dentro

Luis Mauri

Tras la irrupción de Vox, la cuestión es si los independentistas contribuirán a desinflamar el conflicto catalán o preferirán celebrar la derrota de la izquierda y apostar por el cuanto peor, mejor

¿Cuánto son 80 años? Para el niño de cinco, una eternidad intangible. Algo irreal, inabarcable. Para el abuelo, poco más que un parpadeo. Un destello fugaz. Para buena parte de la humanidad, el tiempo necesario antes de volver a asomarse sin prevención al abismo por el que se despeñó décadas atrás. ¿Cuánto son 80 años? El tiempo que tarda en resucitar el monstruo que llevamos dentro.

Es natural alarmarse por la irrupción de la extrema derecha en las instituciones democráticas. No lo es tanto llevarse las manos a la cabeza aduciendo sorpresa. El galope ultraderechista hace temblar desde hace años el suelo en todo Occidente. Gobierna en Estados Unidos, Italia, Polonia y Hungría. También en Brasil. En Francia y Dinamarca tiene el 21% de los votos. En Austria, el 26%. En Suecia y Finlandia, el 17%. El 12% en Alemania y el 13% en los Países Bajos.

Ahora irrumpe en el Parlamento andaluz con un 11%. No es la primera vez que partidos ultras tienen presencia en las instituciones democráticas españolas. El fascista Blas Piñar se sentó en el Congreso entre 1979 y 1982. Y los racistas de Plataforma per Catalunya ganaron concejalías en una cuarentena de ayuntamientos en el 2011. Pero nunca habían reunido la fuerza que Vox exhibe hoy en Andalucía.

Epidemia ultra

La epidemia ultra cabalga en cada país a lomos de un tigre con rayas muy parecidas. En el resto de Europa, es el rechazo a la inmigración, la estigmatización del extranjero, del diferente. No de todos ellos, claro. Solo los menesterosos.

La Gran Recesión ha empobrecido a los trabajadores europeos y ha disparado la desigualdad social. Las clases populares no han hallado en esta década protección política frente al festín del capitalismo desregulado. Un marco ideal para la maquinaria propagandística de la extrema derecha, que dibuja a los inmigrantes como abyectos usurpadores de empleos y servicios sociales precarizados. Desigualdad, desamparo, turbación. Desesperanza. Miedo. Primero se siembra la semilla del miedo, luego se cosecha el fruto del odio.

Vox monta ese mismo tigre, pero el gran salto en las elecciones andaluzas lo ha logrado en buena medida a cuenta del desafío independentista catalán. No se puede responsabilizar a los secesionistas de haber alimentado una reacción retrógrada solo por el hecho de perseguir un fin político legítimo. Pero sí por haber quebrado unilateralmente el marco legal de convivencia y demonizado a la sociedad española. Al país, no solo al Gobierno de turno.

Un puente frágil

La ultraderecha habría emergido de todos modos, seguramente. No hay razón para que España permaneciera inmune a la epidemia occidental. Sobre todo, cuando la derecha democrática la legitima y la izquierda la contempla con benevolencia como un factor de fragmentación del voto conservador.

La irrupción de Vox puede dinamitar el frágil puente que empezaba a proyectarse en el conflicto catalán, la mayor crisis política española desde el 23-F. Los independentistas conocen bien qué pueden esperar de la derecha española. Solo con un Gobierno central progresista hay posibilidades, no garantías, es cierto, de que el puente pueda construirse. La cuestión es si ahora contribuirán a la obra o preferirán celebrar la derrota de la izquierda y apostar por el cuanto peor, mejor.