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Análisis

El líder de Vox, Santiago Abascal, en el centro, escoltado por su secretario general, Javier Ortega Smith, y el candidato a presidencia de Andalucía, Francisco Serrano, en un mitin de las elecciones andaluzas.

GOGO LOBATO (AP)

Tiempos nuevos, tiempos salvajes

Josep Martí Blanch

Una forma de combatir a la extrema derecha, como hace Angela Merkel es ser conscientes de su amenaza, pero aquí ni el PP ni CS están por la labor

Catalanes, gais-feministas y emigrantes. En su jerga, moros, catalufos, maricones-marimachos. Este es el taburete de tres patas sobre el que reposa el trasero programático de VOX. Aún hay quien piensa que 'Spain is diferent' y que la excepcionalidad de no tener ultras con representación parlamentaria podía mantenerse. Error. España llega tarde y mal a los sitios, pero acaba llegando. Si Francia, Italia, Alemania, Reino Unido, Austria, Holanda y los que quieran añadir han parido sus propios monstruos, era demasiado esperar que España no los alumbrara también. La criatura ya ha venido al mundo. Fea hasta decir basta, el 666 grabado detrás de la oreja y 12 asientos en el Parlamento andaluz.

El nacional populismo, de extrema derecha o de extrema izquierda, ha venido para quedarse y llega equipado con las herramientas con las que pretende destruir los fundamentos de la democracia liberal. Los viejos demonios están revisitando toda Europa, también Estados Unidos o Brasil. Iluso quien crea que es una cuestión generacional y que con el tiempo las nuevas generaciones, más formadas y tolerantes, sustituirán por ley de vida a los mayores. No es lo que dicen los datos, aunque para darse cuenta hay que estar dispuesto a fijar la vista también en aquello que nos desagrada.

A lomos del caballo de una identidad

VOX cabalga el caballo de una identidad que hay que recuperar, lo mismo que sus partidos hermanos repartidos por todo el continente, aunque después cada uno aliñe su discurso con ingredientes locales. En el caso que nos ocupa, hay que levantar la España una, étnicacatólicaheterosexual, honrada y feliz que el libertinaje, el separatismo y los inmigrantes han derrumbado con la aquiescencia de los otros partidos políticos.

Como siempre podemos pensar que los votantes de este tipo de formaciones son analfabetos, fascistas o simplemente descerebrados. O podemos, por el contrario, intentar aproximarnos a los motivos por los que cada vez haya más europeos depositando su voto en favor de opciones políticas que, con mayor, menor o ningún disimulo, se presentan a las elecciones con el objetivo de aniquilar los espacios de convivencia y tolerancia. A fin de cuentas, la extrema derecha y la extrema izquierda siempre han estado en el lineal del supermercado. La diferencia es que ahora ese producto tiene salida.

Es un error creer que el soberanismo catalán, la emigración, el matrimonio homosexual o la nueva revolución feminista explican a VOX. No. Más bien, lo que ha despertado a los ultras es el fracaso de los partidos de anclaje liberal (en el sentido holístico del término), que ni tan siquiera han intentado ni están en condiciones de iniciar una conversación pública racional sobre estos temas. No digamos ya de atreverse a probar posibles soluciones.

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Hay una manera de acabar con VOX: declararlos vencedores. Acallar a todos los soberanistas, deportar a todos los musulmanes y revocar los derechos que se han ganado en los últimos años colectivos minoritarios como el homosexual. Muerto el perro se acabó la rabia. Menuda chorrada, pueden pensar ustedes. Bueno, lo cierto es que nadie ha propuesto, todavía, que los musulmanes deban ser deportados, pero sí que el soberanismo debería dejar de tocar las narices.

Otra forma de combatirles es ser conscientes de la amenaza que suponen y combatirlos como hace Angela Merkel en Alemania. Ni el PP ni CS están por la labor. Merkel solo hay una y además va a jubilarse. Tiempos nuevos, tiempos salvajes. En toda Europa.