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CUMBRE DE LAS GRANDES POTENCIAS

Foto de grupo de los líderes mundiales del G-20, en Buenos Aires.

AFP / LUDOVIC MARIN

Shakespeare en Buenos Aires

Ramón Lobo

Los líderes mundiales del G-20 andan más preocupados en lanzar mensajes de consumo interno que en promover reformas que faciliten la vida de la gente

La política es un espectáculo que mal esconde lo esencial: los intereses. Las cumbres del G-20 reúnen a líderes más preocupados en lanzar mensajes de consumo interno que en promover reformas que faciliten la vida de la gente. Se pasan gran parte del tiempo negociando un comunicado de mínimos, algo que disimule las diferencias.

En una de estas citas -en el 2008, tras el colapso de Lehman Brothers-, Nicolás Sarkozy proclamó: “Vamos a refundar el capitalismo”. Se llevó los titulares. Apagados los focos, todo regresó al 'business as usual'. No se refundó nada; peor, se refinanció a los mismos aventureros que habían provocado la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

La crónica de la cumbre de Buenos Aires la podría firmar Shakespeare. Ha tenido traiciones, intrigas y celos. Coincidieron en la llamada foto de familia, cada uno en un extremo por si acaso, el presidente turco Erdogan, que sabe quién ordenó el asesinato de Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul, y el presunto responsable intelectual del crimen, el príncipe heredero de Arabia Saudí Mohamed Bin Salman.

Crisis en Ucrania

Ahora que se ha calmado el polvorín sirio, a la espera de cómo se resuelve el control de la provincia de Ildib, aún en manos rebeldes, se reincendia Ucrania, un asunto mal resuelto a la espera de una chispa irresponsable.

La suspensión de la reunión entre Donald Trump y Vladimir Putin es parte del teatro. El presidente de EEUU necesita una constante cortina de humo para esquivar la sospecha de que el Kremlin le ayudó a ganar las elecciones. La suspensión le ayuda a tapar que su exabogado, Michel Cohen, ha reconocido haber mentido al Congreso. Es un testigo potencial peligroso.

Pese a sus diferencias, Trump y Putin se llevan bien. Les une que a ambos les gustaría ser el otro. El primero siente fascinación por los autócratas; el segundo, por el músculo económico de EEUU. Detrás, sin hacer ruido, aguarda el más listo de la clase: Xi Jinping. La paciencia es uno de los motores de la cultura china. No necesitan aspavientos, tuits incendiarios o guerras comerciales, saben que ganarán la partida a medio plazo.

El apestado oficial

El príncipe Mohamed Bin Salman (MBS) se presentó en la capital argentina con dos días de anticipación y una cohorte de 400 personas. Apenas salió de la embajada saudí. Evitó la calle y el hotel. Es el apestado oficial, solo por disimular un poco. Le protegen los intereses de todos. Su baza son los miles de millones que tiene para gastar.

El príncipe heredero cuenta con el apoyo de Washington. Trump no está dispuesto a estropear el megacontrato de 92.000 millones de euros en venta de armas. Para él, ese dinero pesa más que los informes de la CIA, a los que no da crédito. No es el único en aparcar los principios. Pedro Sánchez sigue la misma línea con las fragatas y las bombas inteligentes. Lo más significativo fue el efusivo saludo entre MBS y Putin, otro al que no le tiembla la mano con sus enemigos. Entre bomberos anda el juego.

La masacre de Yemen

A Mohamed Bin Salman no se le acusa solo de la muerte del periodista Khashoggi, que no deja de ser un crimen individual. Es también responsable de la campaña militar de su país en Yemen. En casi cuatro años de guerra han muerto entre 10.000 y 30.000 personas a causa de las bombas y los disparos (efectos del negocio). El conflicto ha provocado además la muerte de miles de yemenís por hambre y enfermedades. Save the Children cifra en 50.000 los niños muertos. Se trata de una catástrofe humanitaria: 22 millones, dos tercios de su población, necesitan ayuda y protección urgente.

Aunque el responsable de estas atrocidades, Yemen y Khashoggi, se sabe impune, algo se mueve bajo el suelo. Human Rights Watch puso una demanda contra MBS en los tribunales argentinos, activos en la persecución de los delitos de lesa humanidad, que son permanentes y perseguibles en todo el mundo, según los convenios firmados tras la Segunda Guerra Mundial. Es lo que le pasó a Pinochet en Londres, antes de que el Gobierno Rajoy cortara las alas a la Audiencia Nacional en su persecución. En nuestro caso la elección era la misma, principios o negocios con China. Elegimos el dinero.

La cumbre se cerró sin incidentes de mención, más allá de las manifestaciones de rechazo y el vuelo del muñeco de aire que representa un Trump infantil. La seguridad fue apabullante, mucho más que en la fallida final de la Copa Libertadores entre Boca y River. A Macri no le importa la imagen de su país en el mundo, le interesa la que él pueda proyectar sobre Donald Trump. Siempre los intereses; los suyos, claro.