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Los límites de la biomedicina

El científico chino He Jiankui defiende su trabajo en una mesa redonda celebrada en el ámbito de la II cumbre internacional sobre Edición del Genoma Humano en la Universidad de Hong Kong.

EFE / ALEX HOFORD

Bebés mutantes

Olga Merino

No se trata de execrar el avance científico -existe un amplio consenso para aplicar la biomedicina al tratamiento de las enfermedades-, sino de imponerle límites éticos. Políticos, también

Confieso que de adolescente —y aún ahora— me chiflaban los monstruos salidos de laboratorios librescos: Frankenstein y su ternura; la pócima que ingería Jekyll para sacar al terrible Hyde que todos llevamos dentro; las criaturas aberrantes, mitad humanas, mitad bestias, que el doctor Moreau, trasterrado de la Inglaterra victoriana por sus brutales prácticas científicas, fabricaba en aquella isla sin nombre surgida de la imaginación de H. G. Wells. Historias horripilantes para leer, hundida en el sofá, una tarde dominical, a ser posible de aguacero con aparato eléctrico.

El asunto adquiere un cariz muy diferente cuando la distopia llama a la puerta de casa. Esta semana, el genetista chino He Jiankui anunció que supuestamente ha manipulado el ADN de dos gemelas recién nacidas, Nana y Lulu, que crecerán resistentes al virus del sida, si bien todavía es una incógnita a qué otras mutaciones podría abocarlas el experimento. Se ha traspasado una línea roja. Por fortuna, China le ha prohibido continuar con sus investigaciones, pero nada garantiza que algún otro científico ególatra y ambicioso vuelva a las andadas.

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No se trata de execrar el avance científico —existe un amplio consenso para aplicar la biomedicina al tratamiento de las enfermedades—, sino de imponerle límites éticos. Políticos, también. De otra forma, podemos asistir al nacimiento de una nueva casta de humanos fabricados a medida —más altos, más fuertes, más guapos, más inteligentes, con menos sensibilidad crítica— frente a una legión de parias excluidos al no poder costearse una modificación genética.

Más o menos, eso era lo que planteaba la película 'Gattaca' hace unos pocos años. La cuestión pone los pelos de punta, sobre todo ahora que reemergen con ímpetu renovado el racismo, la xenofobia y las desigualdades económicas. El debate debería colocarse el centro del tapete y no dejarlo exclusivamente en manos de la comunidad científica, tal vez aislada en la fascinación de un laboratorio de marfil. ¿Dónde están los humanistas? ¿Qué tienen que aportar los filósofos? ¿Y los historiadores, ellos que saben de lo que ha sido capaz la especie?

Temas: Genética China