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La degradación del diálogo político

Gabriel Rufián pasa por delante de Josep Borrell tras ser expulsado del hemiciclo del Congreso.

EFE / JAVIER LIZÓN

Democracia y palabra

Miquel Seguró

'Golpista' y 'fascista' se usan de forma habitual, pero hay que ser cautelosos con los vocablos de infausta memoria

Ana Pastor, presidenta del Congreso de los Diputados, anunció la semana pasada en la convulsa sesión de control al Gobierno que retiraría de los diarios de sesiones las palabras 'golpista' y 'fascista'. Hace tiempo que ambos términos vienen usándose de manera habitual por políticos, periodistas y profanos en materia política y periodística, así que comporta un punto de inflexión y reflexión que alguien de tan altísimo nivel institucional se haya manifestado en este sentido.

La cuestión de fondo a la que remite es de calado. En democracia hay que conjugar muchos elementos, entre ellos la libertad de expresión y el respeto al marco de convivencia. Pero para hacerla factible, la democracia, y alcanzar el siempre difícil equilibrio entre todos sus componentes, hay que asumir que las palabras valen, y lo hacen para todos. Es, de hecho, la premisa antropológica que permite relacionarnos y sin la cual queda hipotecada la idea misma de la comunicación.

Abuso de la hipérbole

Cierto es que el desarrollo del lenguaje debe contar con el perspectivismo (J. Ortega y Gasset) y la dinamicidad de los campos en los que se despliega (L. Wittgenstein), pero eso no implica dar paso al uso y abuso de la hipérbole interesada. Y más en lo que atañe a lo público, que no es, ciertamente, ningún juego de palabras. A todos nos debe incumbir su buen funcionamiento, y más en tiempos en que lo más elemental corre el riesgo de ser relegado a opcional, cuando no saltar directamente por los aires. Dar la palabra, concederla, escucharla y debatirla hasta rebatirla, si cabe, no es algo prescindible para la democracia. Es el profundo nervio que posibilita la interrelación, engrasa la convivencia y permite hacer sostenible la vida colectiva.  

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Lluís Duch, a quien hace unos días despedimos emotivamente, incidía en que "la capacidad de empalabrar el mundo es parte esencial de nuestra condición humana". Es decir, que las palabras sí pesan porque generan los mundos en los que (co)habitamos. Es del todo esperable, pues, que todos guardemos la mayor de las cautelas en su uso retórico, sobre todo si estas evocan desdicha e infausta memoria. Como también es esperable que en un parlamento se parlamente. Es decir, se ponga a consideración un tema, se expongan los pros y contras que lo avalen o refuten y proceda a una reflexión crítica y educada con aquellos que discrepen. Y todo por medio del valor de la palabra, ya que por algo se denomina a nuestro sistema parlamentarismo ('parler', en francés, de donde proviene el concepto).

De lo contrario, no solamente son las generaciones futuras que accedan a las actas de los debates de la Cámara baja las que pierden con este desuso del lenguaje. Es la ejemplaridad y credibilidad de las instituciones, y para el caso de la casa de la palabra por antonomasia, las que más en riesgo se ponen. Como formuló hace unas semanas el presidente del Bundestag alemán Wolfgang Schäuble, "probablemente la mayor amenaza para la democracia sea darla por hecha". Cuidémosla y no bajemos la guardia.