23 sep 2020

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Dos miradas

El portavoz adjunto de JxCat en el Parlament, Eduard Pujol, en una rueda de prensa.

ACN / MARTA SIERRA

La falta de empatía, tanto de Eduard Pujol como de Josep Borrell, es un mal generalizado en política. Lo peor llega cuando la realidad de otros nos resulta ajena

En plena huelga de la sanidad y a las puertas de una jornada de paro de toda la función pública catalana, Eduard Pujol, portavoz adjunto de JxCat, no se le ocurrió otra que descalificar el debate sobre las listas de espera con un "A veces nos distraemos con cuestiones que no son las esenciales". Para remachar, sentenció: "Nuestra opción es hacer república. No es un delirio". ¿Y mientras tanto? Nada. No hay mientras tanto. Callémonos. No protestemos. No exijamos al Govern unos presupuestos sociales. Que lo terrenal nos sea ajeno y, mientras, pongamos una vela a la independencia.

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Josep Borrell, ministro de Exteriores -de Exteriores-, en un acto en la Universidad Complutense de Madrid sobre la Unión Europea, quiso expresar las dificultades que tiene Europa para desarrollar un proyecto federal debido una historia de guerras sangrientas entre sus estados, a diferencia de EEUU que lo único que había hecho era "matar a cuatro indios". El Movimiento Indígena Estadounidense ha tachado a Borrell de racista. A ningún pueblo le gusta que banalicen su genocidio. El ministro se ha disculpado, es lo mínimo, pero no deja de pasmar la facilidad con la que la inteligencia, demasiado a menudo, deriva en una insoportable superioridad. La falta de empatía, tanto en Pujol como en Borrell, es un mal generalizado en política. Y no es una cuestión menor. Lo peor llega cuando la realidad de otros nos resulta ajena.