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Muñecos con cámaras

'Kentukis' o vivir en directo

LEONARD BEARD

'Kentukis' o vivir en directo

Ángeles González-Sinde

La última novela de Schweblin deja entrever que el anhelo por hacer públicas nuestras vidas y dejarnos espiar quizá sea el consuelo de una sociedad individualista, una llamada desesperada a conectar con otros

Uno de los momentos más enriquecedores de mi oficio es la documentación para una historia. Entonces, una persona o un colectivo te abre sus casas, su centro de trabajo, sus vidas y te permiten asomarte a todos sus rincones, pues comprenden que de la calidad y realismo del detalle dependerá el resultado artístico. Convives durante un breve tiempo y puedes saber más de esas gentes que sus propios vecinos. Igual de fascinante es cuando preparas un rodaje y toca localizar, es decir, elegir los espacios reales donde filmarás a tus personajes de ficción. La gente te expone sus hogares, curioseas sin poner cara de que curioseas y te llevas, como si de un viaje al extranjero se tratara, una vívida impresión de esas vidas ajenas. No hay gesto más generoso ni instructivo, pues de aquello que habitamos se puede extraer el modo en que sentimos y pensamos.

Muñecos mecánicos que nos hacen compañía

En 'Kentukis', su última novela, Samanta Schweblin juega con una idea semejante: la de permitir voluntariamente que un extraño observe nuestra vida por puro entretenimiento. Como los tamagochis o los furbis que estuvieron de moda, los kentukis de Schweblin son muñecos mecánicos que nos hacen compañía cual mascotas, pero van un paso más allá: sus ojos son cámaras y quien los maneja desde la distancia por control remoto es un completo extraño que dota al kentuki de personalidad y voluntad. Así hay quien se compra un kentuki para convertirse en amo y quien prefiere comprar el manejo de un kentuki desde su ordenador. La novela desarrolla distintas relaciones entre amos y kentukis de toda edad y condición. En continentes y países muy distantes, interactúan con mayor o menor fortuna, y, como son humanos y no robots, no pueden evitar enredarse unos con otros. A veces parece que tienen más interés los kentukis en la vida de sus amos que sus familiares y amigos de carne y hueso, pero es una impresión incierta, pues el kentuki tiene la ventaja de jugarse poco en la aventura. Como el espectador de cine o el lector de novelas, el que maneja el kentuki solo participa en la vida de su observado por persona interpuesta desde la seguridad y el confort de su butaca y su pantalla.

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'Kentukis' engancha porque pone en primer plano nuestra relación con todos esos dispositivos de los que nos servimos. Hasta los más inocuos, como las pulseras que muchos llevamos para conocer nuestro número de pasos diarios. Un invento útil para combatir el sedentarismo y tomar conciencia de cuánto nos movemos realmente, pero si un día se estropea, ya parece que no vale la pena darte la caminata cotidiana. Los pasos no quedarán registrados digitalmente en ningún lado y tienes la sensación de que el esfuerzo no existirá. Hemos incorporado hasta tal punto la idea de mirar a otros o ser mirados, que parece que necesitamos una certificación externa de nuestra experiencia para poder decirnos a nosotros mismos que vivimos; como si una vida íntima alejada de la mirada colectiva e instantánea, no valiera la pena ser vivida porque fuera menos vida, menos intensa, menos coherente.

El anhelo de hacer públicas nuestras vidas

Hacer pública nuestra vida, hacer que quepa en una pantalla, en un álbum digital de fotos o de datos, nos proporciona una fantasía de orden y de control, lo que en unos tiempos en que nada está asegurado, ni el empleo, ni la vivienda, ni las relaciones afectivas y menos el futuro, se vuelve más valioso. Nos permite creer que somos directores y guionistas de una película permanente en la que somos también actores y personajes. Paralelamente ocurre que la experiencia real, sin editar, sin retransmitir, la vida cotidiana, tan prosaica, ramplona, tediosa, rutinaria y repetitiva, se hace anodina, insignificante, nos decepciona por lo pobre, con lo que volvemos a encender la pantalla donde todo tiene más color y más contraste. Es la vida editada y emitida en esa sala de proyección que no es un viejo cine, sino la red.

Como el músico de jazz que improvisa y concentra sus sentidos en el momento presente, queremos vivir en tiempo real, vivir plenamente. Y para vivir plenamente, hemos aprendido que no sirve la soledad de una sala de ensayo, sino que la energía se multiplica cuando nos conectamos con la energía de otros, el público para el músico, o la comunidad para el individuo. Con sus kentukis, Schweblin deja entrever que quizá este anhelo por hacer públicas nuestras vidas y dejarnos espiar sea el consuelo de una sociedad individualista, acelerada y fragmentada donde todo cambia y casi nada permanece, una llamada desesperada a conectar con otros, aunque estén tras una pantalla.

Temas: Novela