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Peligros para la salud

El origen de los antivacunas

TRINO

El origen de los antivacunas

Adela Muñoz Páez

Hay que actuar de manera implacable contra los timadores criminales y prevenir su proliferación

Uno de mis primeros recuerdos del dolor ajeno es el de las niñas de mi pueblo que habían padecido polio y no podían participar en muchos juegos de entonces porque corrían con dificultad y cojeaban al andar. También recuerdo haber oído hablar a mi madre y mi abuela de tías muertas en la niñez a causa de la tuberculosis o de personas con la cara picadita de viruelas. El horror de ambas al recordar la huellas de esas temibles enfermedades me grabó de forma indeleble la importancia de las vacunas. Después he sabido que gracias a su uso generalizado, junto con el de los antibióticosla esperanza de vida en Europa ha pasado de estar por debajo de los 40 años a comienzos del siglo XX a estar por encima de los 85 a comienzos del XXI.

No obstante, a pesar de estos indudables beneficios, un informe de la Organización Mundial de la Salud de septiembre del 2018 dice que el movimiento antivacunas representa un peligro para la salud de los europeos. El origen de esta sinrazón hay que buscarlo en una mezcla diabólica de la desesperación de padres con hijos autistas y la falta de escrúpulos de un médico y un bufete de abogados.

El autismo y su relación con la triple vírica

Todo comenzó en 1998, cuando un grupo de investigadores británicos liderado por Andrew Wakefield, publicó en la prestigiosa revista científica 'The Lancet' un estudio que relacionaba la aparición de síntomas de autismo con la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola). La prensa se hizo eco de este artículo de manera inmediata, lo que hizo que miles de familias retiraran a sus hijos de los programas de vacunación. También dio origen a investigaciones exhaustivas durante la década siguiente para identificar la posible relación entre autismo y vacunas que no encontraron ninguna evidencia de la misma.

La persona que más contribuyó a desenmascarar a Wakefield fue el periodista británico Brian Deer, que se entrevistó con las familias de los casos incluidos en el estudio de Wakefield y puso de manifiesto las falsedades del mismo, como por ejemplo que siete de los 12 niños estudiados mostraban trastornos del espectro autista antes de ser vacunados. Los resultados de su investigación, publicados en el 'Sunday Times' en el 2004, le valieron a su autor numerosos premios y fueron el comienzo del fin de Wakefield, porque los coautores del polémico artículo se retractaron del mismo y en el 2010 la revista lo retiró. Ese mismo año, el Consejo Médico Británico prohibió a Wakefield ejercer la medicina en Gran Bretaña e hizo público que el estudio había sido financiado (con unos 750.000 dólares) por el bufete de abogados que, basándose en las conclusiones falsas del mismo, preparaba demandas colectivas millonarias contra la compañía farmacéutica fabricante de la triple vírica en nombre de los padres de niños autistas.

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Pero estos descubrimientos no significaron el fin de la polémica, el loby de los antivacunas había descubierto un filón, por lo que tras haber sido descartada la toxicidad de la triple vírica sus ataques se dirigieron al timerosal, un conservante de vacunas. Esta acusación dio lugar a estudios exhaustivos que incluyeron centenares de miles de niños vacunados en Europa y Estados Unidos que descartaron que hubiera una relación entre este compuesto y el autismo. Pero la alarma creada fue tal que este compuesto dejó de usarse como conservante.

Incremento de terapias fraudulentas

Por otro lado, el 'caso Wakefield' puso de manifiesto la fragilidad del colectivo de los padres de niños autistas, un trastorno bastante generalizado que en diversos grados afecta a uno de cada 160 niños. Lo más terrible es que no se conocen las causas y no tiene cura, por lo que están proliferando personas sin escrúpulos que venden terapias fraudulentas, como las que recomiendan echarles orina en los oídos o hacerles beber lejía.

La ayuda a los niños autistas es una tarea titánica, por lo que no podemos culpar a los padres que en su desesperación siguen acudiendo a estas terapias, más bien hemos de preguntarnos si una sociedad desarrollada como la europea del siglo XXI está haciendo todo lo que debe para ayudar a los padres que se enfrentan a este enorme problema.

Como el éxito de los curanderos del autismo y de los antivacunas se basa en la ignorancia, además de actuar de manera implacable contra los timadores criminales, hay que prevenir su proliferación vacunando a la sociedad con educación e información veraz y asequible.

La autora de este artículo forma parte de la Red de Científicas Comunicadoras.