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Al contrataque

El portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó 

JUAN MANUEL PRATS

Tendremos dos juicios en uno

Antonio Franco

Tantos años de malas prácticas conducen por inercia a un desastre que solo se evitaría con un harakiri rectificativo judicial similar al que hicieron las Cortes franquistas cuando murió el dictador

Cada vez está más claro que lo que tenemos en el horizonte inmediato no es un juicio sino dos. El primero, el que estaba previsto, juzgará a los políticos catalanes que desobedecieron las leyes. Pero el otro, todavía más amplio y complejo, juzgará a los jueces españoles que dicten la sentencia.

La vista contra los independentistas será ruidosa y marcará políticamente este país para los próximos años. Pero el segundo juicio cada vez se configura como más importante por su dimensión total. Por un lado los ciudadanos españoles -catalanes y no catalanes, aunque por separado- examinarán a sus magistrados del Tribunal Supremo, que tienen muy difícil convencerles. Por otro, la justicia internacional y la opinión pública mundial no solo juzgarán a nuestros tribunales sino a algo más esencial:  la calidad real de la democracia española. Por eso hay tantos nervios, por eso pasan tantas cosas todos los días, por eso se ha rebotado Marchena contra la horrorosa verdad confesada por el despreciable Cosidó.

Se han roto los esquemas. Mientras el muy viejo, muy manipulado y muy endogámico aparato de justicia heredado del franquismo conseguía salvar las apariencias parecía que el problema que había por delante era determinar si lo que hubo en Catalunya fue una rebelión consumada o algo de grado delictivo menos grave. Pero cuando le ha llegado a la opinión pública la evidencia de unas manipulaciones descaradas y ya no disimuladas en el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo ha saltado por los aires la más mínima credibilidad del montaje. Ahora España sabe que no le ha estallado una crisis puntual en la justicia sino que tenía y tiene una justicia en crisis. Los líderes independentistas cometieron delitos y recibirán condenas, pero hay algo peor: nuestro sistema judicial es injusto, impermeable a los cambios de sensibilidad de los españoles, ha evitado cualquier contagio de la modernidad de la actual justicia democrática europea, y no atiende a la más mínima separación efectiva de poderes.

Si en el imaginario colectivo la justicia occidental está representada por una mujer joven, valiente, decidida y capaz de sostener sin complejos la balanza de la equidad, a muchos españoles y no españoles la justicia de aquí nos recuerda más bien a una anciana decrépita, elitista, caprichosa y empolvada ridículamente hasta las cejas. Y desprovista de cualquier balanza.

Creo que ya tiene más miedo a la sentencia ese aparato judicial que sabe que su diagnóstico de rebelión será despreciado por la opinión jurídica especializada internacional pero ignora cómo sortear su propia tendenciosidad, que los políticos que serán condenados. Tantos años de malas prácticas conducen por inercia a un desastre que solo se evitaría con un harakiri rectificativo judicial similar al que hicieron las Cortes franquistas cuando murió el dictador.