Ir a contenido
Theresa May y Jean-Claude Juncker, en Bruselas.

REUTERS / Yves Herman

Gibraltar no es la única roca

Albert Garrido

Crece el número de socios de la UE que recela de lo de en principio acordado

El desbarajuste del 'brexit' ha sumado este miércoles ayer una nueva jornada de desconcertantes declaraciones cruzadas a causa de la cada vez más manifiesta inconsistencia o insuficiencia de las 585 páginas destinadas a garantizar un divorcio ordenado, apoyado por los Veintisiete y que Theresa May cree que podrá llevar a los Comunes sin mayores contratiempos que los experimentados la semana pasada, cuando su Gobierno se tambaleó y menudearon las conspiraciones de salón entre los diputados tories.

Porque tal inconsistencia hace crecer el número de los socios de la UE que recelan de lo acordado en principio, de forma que Gibraltar no es la única roca en el camino, y ni siquiera está claro que los gibraltareños se sientan confortados con la última promesa hecha por May en el tribuna de Westminster: "Queremos un acuerdo que funcione para toda la familia del Reino Unido, y eso incluye a Gibraltar".

Ya ha dicho el Gobierno español que considerará insuficiente una mención en la declaración política –en ningún caso tendrá valor jurídico– si no va acompañada de una nueva versión del artículo 184, particularmente farragoso, que garantice a España la iniciativa en toda futura negociación que afecte de forma específica a Gibraltar. Y no hay ninguna certidumbre de que parecidos síntoma de desconfianza no asomen en otros gobiernos de aquí al próximo domingo y de que la firma del acuerdo de principio pase a mejor vida.

El simple hecho de que la primera ministra haya viajado a Bruselas para rematar con Jean-Claude Juncker detalles del texto acordado con Michel Barnier, el negociador de la UE, y la declaración política sobre la futura relación no deja de ser una señal intranquilizadora, mientras crece en Londres la presión de los euroescépticos que ven en el pandemonio del 'brexit' la ocasión ideal para hacerse con las riendas del Partido Conservador.

Si los gobiernos europeos se han mantenido hasta la fecha razonablemente unidos en la negociación del 'brexit' es a causa de su convencimiento de que si alguien debe tragarse algunos sapos, este es el inductor del estropicio y no quienes nunca quisieron la separación. Cuando Angela Merkel amenazó este miércoles con desentenderse de la cumbre del domingo si en 48 horas no está todo atado, aclarado y listo para la firma, no hizo más que abundar en este sentimiento, quizá unánime –rara avis en la UE–, de que al final todo el mundo saldrá perdiendo con la operación, pero quien debe ceder es el Reino Unido si no queda otro remedio.

La división surgida también en la Comisión Europea, que hizo imposible que diera por bueno el acuerdo presentado por Michel Barnier apunta en la misma dirección: algunos de los requisitos introducidos por los negociadores británicos parecen excesivos o improcedentes. Todo son peñones en la recta final de este despropósito, obstáculos, calles sin salida, flaquezas de todo tipo para lograr algo imposible: que se consume la separación sin que nadie sufra grave daño o cuando menos pueda presentarse ante la opinión pública aparentando no haberlo sufrido.