20 sep 2020

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Vida cotidiana

Terraza de la plaza Bonsuccès a la que se le reclama que retire se reduzca en dos mesas. 

ELISENDA PONS

Con otros ojos

Rosa Ribas

Gracias a sus ojos, a su mirada atenta y curiosa, los colores recuperan brillo, los perfiles nitidez, percibes de nuevo lo bueno y lo malo de tu ciudad. A veces necesitas las miradas ajenas para volver a ver

En la vida cotidiana acaba una moviéndose más o menos siempre por las mismas calles para ir a los mismos sitios. Los caminos se eligen por razones prácticas y no estéticas, de todos modos, tampoco te fijas tanto, el velo de la rutina difumina los colores y los contornos del paisaje diario. Por eso me gusta recibir visitas de fuera.

Porque cruzas con tus visitantes el parque infantil por el que pasas tantas mañanas y se fijan en que los juegos son diferentes y en que los niños van vestidos de otra manera. Después les llaman la atención dos gruesos árboles en la esquina de tu calle, que se ven mucho más viejos que el resto, y vuelves a acordarte de la historia truculenta de un asesinato que te contaron que sucedió hace más de un siglo justo en ese lugar y cuyos únicos testigos son precisamente esos dos árboles. Te señalan más adelante una fachada que no recuerdas cuándo fue la última vez que miraste, porque los visitantes, a diferencia de sus anfitriones, miran en todas direcciones, no solo al frente.

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Los visitantes se paran delante de los escaparates más peregrinos para ver qué venden ahí, se pueden pasar dos horas recorriendo un supermercado, hacen fotos a los panecillos y a los yogures. A los visitantes les sorprenden la forma diferente de conducir o los quioscos de bebidas donde los viejos alcohólicos pasan el día en la calle tomando cervezas; se te quedan parados en medio de la calle hasta que comprueban que sí, que lo han visto bien, que los semáforos indican en ámbar que se van a poner de color verde. Los visitantes celebran como un acontecimiento cada viaje en tranvía o en autobús, también cada trago de cerveza que prueban y cada patata que se comen, después hacen videos de las ardillas, y, un poco más escamados, de los cuervos. Hasta el cartel de tu calle recibe su homenaje.

Gracias a sus ojos, a su mirada atenta y curiosa, los colores recuperan brillo, los perfiles nitidez, percibes de nuevo lo bueno y lo malo de tu ciudad. A veces necesitas las miradas ajenas para volver a ver.

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