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Gabriel Rufián, tras su rifirrafe con Josep Borrell, el 21 de noviembre en el Congreso.

DAVID CASTRO

La taberna parlamentaria

Enric Hernàndez

La expulsión de Rufián del Congreso ilustra el encanallamiento de la política española. La misión de los diputados no es destruir al adversario, sino construir un país mejor

En los momentos de zozobra política, y el presente lo es, la crispación se adueña de la vida parlamentaria. Desde los diputados 'jabalís' que en los años 90 jaleaban con exabruptos el "Váyase, señor González" de José María Aznar, hasta la "traición a los muertos" que Mariano Rajoy imputó a José Luis Rodríguez Zapatero a cuenta de sus negociaciones con ETA. 

El diario de sesiones del Congreso está plagado de insultos, pateos y llamadas al orden, pero la expulsión de un diputado del hemiciclo, como la que se ha impuesto hoy a Gabriel Rufián (ERC), cuenta con un solo precedente en estos 41 años de democracia. Lo protagonizó en el 2006 el popular Vicente Martínez Pujalte, que tras descalificar al ministro de Defensa, José Antonio Alonso, fue enviado al rincón de pensar por el presidente del Congreso, el socialista Manuel Marín. Martínez Pujalte, a diferencia de Rufián, se resistió durante varios minutos a acatar la orden, aunque al final abandonó el hemiciclo.

GOLPISTAS, FASCISTAS, CARCELEROS...

Las broncas registradas en las últimas semanas en el Parlament entre diputados independentistas y de Ciutadans, unidas al grave incidente de hoy en el Congreso, reflejan un preocupante enconamiento de la vida política. Con las secuelas del 'procés' y el encarcelamiento de los líderes independentistas como telón de fondo, proliferan en el debate público las acusaciones de "golpistas", "fascistas" o "carceleros". Tarde o temprano, esta tensión tenía que desembocar en una trifulca como la sucedida esta mañana en el Congreso.

Como anticipó la víspera el republicano Joan Tardà, Rufián aprovechó una pregunta parlamentaria a Josep Borrell para tachar de "fascistas" a los diputados de Ciudadanos, pero en la réplica acabó calificando de "indigno" al titular de Exteriores y asociándolo a la "extrema derecha". La presidenta del Congreso, Ana Pastor, aplicó a rajatabla el reglamento y lo expulsó, pero al abandonar el hemiciclo los diputados republicanos el incidente se agravó cuando Borrell denunció que uno de ellos le había escupido. Todo muy edificante.

El bronco estilo parlamentario de Rufián, proclive a la provocación de trazo grueso para sacar a los adversarios de sus casillas, ha alcanzado su cénit con este episodio. Pero sería un error culpar en exclusiva al parlamentario de ERC del encanallamiento de la política española.

La descalificación sistemática de los competidores políticos, que poco o mucho practican todas las fuerzas políticas, se sitúa en las antípodas de las obligaciones institucionales de los diputados, que como representantes de los ciudadanos tienen encomendada la misión de construir mediante el diálogo un país mejor, no de destruir ni deshumanizar al adversario. Convertir el Congreso en una taberna parlamentaria, amén de un pésimo ejemplo para la sociedad, constituye una imperdonable dejación de funciones que, en un puesto de trabajo convencional, merecería una suspensión de empleo y sueldo.