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ANÁLISIS

Luis Enrique, durante el amistoso de España contra Bosnia.

El trofeo de la Galleta

Sònia Gelmà

La Nations League ha conseguido que las selecciones europeas tengan algún interés, y no solo para sus propios aficionados, en periodo de entreguerras

Tengo un amigo, si han escuchado la radio últimamente sabrán de quién hablo, que en su habitual exploración de los límites del riesgo, se refiere a la Nations League como el trofeo de la Galleta. Comprenderán lo que quiere decir con ello y de lo cual en nada tienen culpa los amantes del verdadero trofeo de la Galleta, que por si no lo sabían, existe. Se disputa cada verano en Palencia, concretamente en Aguilar de Campoo, donde tuvo su esplendor la industria galletera del estado español. El Burgos es el rey del torneo con ocho títulos en su palmarés y el Racing de Santander, el vigente campeón tras ganar en la última final a la Cultural Leonesa. Reciban de antemano mis disculpas por el menosprecio que supone comparar la Nations League con el trofeo de la Galleta, con mucha más historia.

Es innegable que hace falta un detenido estudio de la normativa para entender el funcionamiento y objetivo de esta nueva competición que se ha inventado la UEFA. Se puede concluir que supone un posible pasaporte para la Eurocopa en caso de tropezar en la interminable y aburrida fase de clasificación. Les confesaré que compartía ese escepticismo previo ante un torneo que, para empezar, presenta cuatro divisiones y solo en la primera se opta al título. Pero precisamente es esa separación de selecciones por niveles lo que consigue hacerla atractiva.

El complejo de nuevo rico

Lo que necesitaría la Nations League para ser el trofeo de la Galleta es que sus jugadores se lo tomarán como un torneo veraniego de preparación. Y aunque hemos visto, por poner el ejemplo de España, que Luis Enrique ha gestionado los partidos como si fueran amistosos -en su intento de regenerar una selección que ha perdido a algunos de sus jugadores más emblemáticos-, el nivel de competitividad que genera el formato del torneo no tiene nada que ver con los soporíferos amistosos a los que nos tenían acostumbrados durante estos parones.  De hecho, el contraste entre los partidos que hemos visto estos días entre grandes selecciones y el amistoso de España contra Bosnia es el mejor ejemplo de la diferencia entre una cosa y otra.

Y si internamente se lo han tomado en serio, la crítica no necesita competiciones de mucho pedigrí para exigir resultados. En el caso de España, imaginen si se valora que hay quién se atreve a calificar como fracaso haber quedado fuera de la fase final. Sigue el complejo de nuevo rico de aquella selección que ganó un Mundial y dos Eurocopas, y no asume que los jugadores ya no son los mismos.

La Nations League ha conseguido que las selecciones europeas tengan algún interés, y no solo para sus propios aficionados, en periodo de entreguerras. Bienvenida sea la competición, aunque el premio final sea una galleta.