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Al contrataque

Rosalía triunfa también el los Grammy Latinos

ROBIN BECK AFP/ ViIDEO ATLAS

Si tiene fronteras, no es cultura

Najat El Hachmi

El arte y la cultura son poderosos instrumentos para ejercitar la capacidad de traspasar fronteras. La creación artística o es libre o no es creación

Uno de los eslóganes de Médicos Sin Fronteras de hace unos años era una cita de Ryszard Kapuscinski: "La vida consiste en traspasar fronteras". Es cierto que hay personas para quienes la vida no consiste en absoluto en eso, individuos que han nacido y vivido en el mismo lugar durante todos los años que han pasado en este mundo, que no han tenido que afrontar nunca la necesidad ir más allá de los límites que les han venido dados de fábrica, que no se han visto nunca abocados a la incertidumbre de tener que cuestionar las estructuras que regían su existencia.

Estoy segura de que deben ser una minoría, a poco que se tenga conciencia se hace difícil no sentir las estrecheces de la realidad conocida. Algunos pensarán que esta situación, la de no haberse tenido que mover nunca ni física ni mentalmente, es una bendición. A mí me parece un panorama más bien desencantado. Si algo nos ha hecho evolucionar como especie, progresar de manera exponencial (a pesar del escepticismo receloso que nos inunda hoy en día) es porque hubo alguien que osó ir más lejos, explorar los límites del propio mundo, quien tuvo la valentía de ser pionero en lo que hacía. Y ese ímpetu puede ser individual o colectivo pero ha ensanchado hasta el infinito las posibilidades, imaginarias o reales, de todos.

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El arte y la cultura son poderosos instrumentos para ejercitar la capacidad de traspasar fronteras. La creación artística o es libre o no es creación y en esta libertad nace la práctica de la exploración, la indagación en terrenos fértiles que escapan a la normativa taxonomista que encasilla cualquier experiencia humana. El arte siempre ha sido un arma poderosa para subvertir la rigidez, la pequeñez asfixiante, los diversos corsés sociales y la pervivencia de morales castradoras. Claro que también ha existido un arte conformista, acomodaticio que ha buscado no liderar el viaje hacia lo desconocido sino reafirmarse en la inconveniencia de apartarse de lo conocido, propio, definido, seguro. Es el arte que luego nadie recordará por estéril e inocuo.

Rosalía ha desatado pasiones de todo tipo y las críticas le han llegado desde bandos muy diferentes pero que tienen en común el anhelo de pureza, un anhelo que creíamos superado pero que sigue apareciendo de vez en cuando como un reflujo indigesto de tiempos ya caducos. El fundador del Taller de Músics, donde se formó la catalana, ya predicó con bastante insistencia hace tiempo sobre la absurda construcción de una identidad catalana girada de espaldas al resto de la Península. Defendía que el flamenco es tan catalán como la sardana y que quienes lo consideran un género ajeno han comprado el tópico franquista que lo instrumentalizó en favor de una idea de España también rancia y cerrada en sí misma. Con todo el trabajo que ha ido haciendo Lluís Cabrera es extraño que todavía haya quien defienda una Catalunya tribal y pura. No deben haber leído su libro, que lleva por título: 'Catalunya será impura o no será'.