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Dos miradas

Vecinos de Girona observan la crecida del río Onyar a su paso por el Pont de Pedra de la ciudad.

ICONNA / JOAN CASTRO

No hay fuerza más indestructible que la furia del río cuando recupera el cauce antes estéril y lo rebasa y toma posesión de la ciudad

He vivido casi 30 años de mi vida al borde de un río que, de vez en cuando, emitía unos bramidos ensordecedores, terribles y constantes, el bajo continuo de una canción inquietante. Este río, habitualmente tranquilo y más bien empobrecido, de vez en cuando se convertía en un gigante colosal y amarronado que engullía todo lo que tenía al alcance, en una carrera sin freno, vigorosa y desaforada. Al pasar bajo un puente de piedra que suele enseñar unos muslos robustos, la furia del río los convertía en las patas pesadas de un elefante embarrado e inmóvil. La visión de aquel fenómeno te hipnotizaba, y también el ruido, que era insistente y que dominaba el registro sonoro de una ciudad en silencio, gris y con un cielo aún lluvioso, con la amenaza cierta del desbordamiento. "El fuego tiene freno; el agua, no", decía mi madre, y era cierto, porque no hay fuerza más indestructible que la furia del río cuando recupera el cauce antes estéril y lo rebasa y toma posesión de la ciudad.

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Estos días lo he recordado, porque el Onyar (es este, el río) ha aumentado seiscientas veces el caudal habitual, que se dice pronto. He vuelto y lo he visto como entonces, cuando el puente era el paquidermo que se hundía, cuando troncos y ramas yacían desolados a la orilla o eran empujados río abajo. No hay memoria más poderosa que la del agua. Líquida, marrón, homérica, engulle la piedra con la misma intensidad que te empuja, entre gritos de recuerdos, a la nada.