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LIBERTAD CONDICIONAL

Una mujer con pene

Una mujer con pene

Lucía Etxebarria

Ella se llama Lara. En su DNI pone otro nombre. Cuando usaba ese otro nombre y no se ponía falda ni tacones y no llevaba el pelo largo, trabajaba como diseñador gráfico, y cobraba bastante bien. Era bisexual, igual que lo es ahora, y había tenido novios y novias.

Tardó mucho en tomar la decisión porque sabía lo que iba a perder. Y lo perdió. Perdió el trabajo. Ni siquiera le dieron explicaciones. Lo que le dieron, eso sí, fue la indemnización. Bastante escasa, teniendo en cuenta que con la última reforma laboral sale barato despedir. Después perdió al novio. Le dijo que él no le acompañaba en la aventura. También perdió mucha vida sexual. Cuando era un chico guapo, se le abalanzaban encima  (ya sabes: 'Everybody wants you when you’re bi, looking at the girls and eyeing all the guys') pero ahora que es una chica guapa… con pene… Pues sí, hay quien se atreve. Pero o va borracho y puesto de coca, y Lara odia el alcohol y las drogas, o dice que lo hace porque le da morbo. Y a Lara lo de dar morbo no le da morbo. Ella quiere que se acuesten con ella por sexo, no por satisfacer una curiosidad malsana.

Ahora se le abalanzan encima, pero de otra manera. Cuando vuelve a casa de noche, lo hace con miedo. Los grupos de hombres le dan miedo, como nos lo dan a las demás mujeres. Hace poco le agredieron unos 'canis' que volvían a casa borrachos. Lara ya forma parte del 82% de los transexuales españoles que han sufrido una agresión en su vida. Solo un 18% se han librado de la paliza que les cae por eso, por ser diferentes.

Aquí yo no tengo espacio para hablarles de 'gyrus' angular izquierdo y lóbulo parietal inferior izquierdo o de área tegmental ventral o de córtex somatosensorial primario. Pero es importante que entiendan eso: Lara nació así.

Hace unos días vi una película, 'The Miseducation of Cameron Post', que trata sobre la 'conversion therapy', las terapias de reconversión que se han intentado durante decenios y que aún se aplican en muchas partes del mundo para que gais y lesbianas cambien de orientación sexual. Ni 'electroshocks', ni hipnosis, ni psicoanálisis, ni condicionamiento aversivo (aplicar descargas eléctricas mientras se ve porno homosexual), nada tiene éxito. Como mucho, lo que se consigue es que el paciente (ejem, más bien la víctima) se suicide. Ahora, por fin, una parte del mundo entiende esto.  

Lara forma parte
del 82% de los
transexuales
españoles que
han sufrido
una agresión 
en su vida por
ser diferentes

El Reino Unido ha prohibido estas terapias, pero en España, por el momento, sigue pendiente la aprobación a nivel nacional por parte del Parlamento de una ley unificada, por lo que actualmente es cada región la que regula cómo luchar contra la LGTBIfobia. Por ejemplo, en Navarra estas terapias aún existen.

Lara tampoco puede cambiar quién es. ¿Quién, en su sano juicio, perdería un trabajo, un novio, una vida sexual y social normalizada, la seguridad de volver tranquila a su casa por la noche, por un simple capricho o por una moda?

¿Me hace a mí algún daño Lara cuando se pone falda y tacones? Ninguno. ¿Interfiere en mi vida? Para nada. Lara a mí no me hace daño, se lo hacen a ella todos los días. Discriminada en el trabajo, discriminada por parte de su familia, discriminada como amante por parte de quien temía el qué dirán, insultada en la calle por el solo hecho de caminar…

Lara tiene todo el derecho de vestir y actuar como le salga del pene que aún tiene. Nunca estaré de acuerdo con las feministas que no vean como mujer a una mujer cuya condición de mujer voluntaria le cuesta tan cara.

Yo creo que Lara es una mujer. No es una mujer como yo. Tiene su diferencia. También una mujer con síndrome de Down tiene su diferencia, o una mujer autista, o una mujer con síndrome de Asperger. Todas ellas son neurodivergentes. Sus cerebros son neuroatípicos, tienen diferencias con los cerebros que llamamos normales. Pero también una mujer ciega es diferente a mí, o una mujer albina. Y una mujer negra es diferente a mí.

Hay algunas que me dicen que como soy «blanca y burguesa» no puedo entender a una mujer negra y pobre. En algunos momentos de mi vida he sido pobre, muy pobre. En cuanto a lo de blanca, en Estados Unidos no me consideran así. Allí, soy latina (mis sobrinas, de hecho, constan así en sus becas de universidad, donde se les exige adscripción a grupo étnico). En cualquier caso, la cuestión es que todas somos mujeres, y lo que nos une es más de lo que nos diferencia.

Lo que nos une es que a todas nos han maltratado o discriminado alguna vez por el mero hecho de ser mujeres.