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Los límites de la tolerancia

Lo que nos ofende

LEONARD BEARD

Lo que nos ofende

Javier Pérez Andújar

Una sociedad que reprime la creación, la expresión del inconsciente, se convierte en una sociedad reprimida y represora

Vivimos en un país de ofendidos. Se ve a la legua. Todo el mundo lo sabe. Lo dicen hasta los tebeos de Astérix. Leyendo las historietas de Uderzo y Goscinny, entendemos que desde siempre ha habido dos pueblos del Mediterráneo donde se ha hecho de la ofensa un principio moral. Pero cada uno a su estilo. No es la misma la manera de sentirse ofendido que aparece en 'Astérix en Córcega' que la que encontramos en 'Astérix en Hispania'. En efecto, ambos la expresan igual: cruzados de brazos y con un muro de silencio, que no solo niega la palabra sino también la respiración. Antes morir ahogado en uno mismo y abrazado a sí mismo, que soportar la existencia del mundo. Sin embargo, y esto los diferencia, lo que hay de altivez en el corso, en el hispano se convierte en berrinche. El anfitrión de 'Astérix en Córcega' es un adulto de nombre impronunciable, el de 'Astérix en Hispania' es un niño que se llama de una forma elemental, Pepe. Ni siquiera hemos madurado en el arte de la ofensa. Presas del infantilismo, nos tomamos más en serio a nosotros mismos que a lo que nos ofende.

Más peligroso que sonarse con una bandera es un sonado con una bandera

Donde los antiguos griegos aplicaron la política (política, filosofía, economía, todo lo que va en serio se nombra con una palabra griega), se reduce entre nosotros a una cuestión de sentirse ofendido. Recientemente la diputada de Podemos, Irene Montero, ha denunciado a una revista de jueces porque la satirizaban con unos versos grotescos. Eran machistas. Lo consideró una ofensa al honor. Y no hay ofensa sin castigo. Así actúa cuando le toca recibir una formación política que siempre que surge un caso de vulneración (cada dos por tres, lamentablemente), salta a las barricadas levantadas con caracteres para defender el derecho a la libertad de expresión. Por su parte, la justicia publica versos satíricos en sus revistas y a la vez condena a penas ejemplares a quienes, igual que ella, utilizan la rima, el ripio, el verso, para ridiculizar, para manifestar sus opiniones a través de formas artísticas donde el único pacto es el de la mutua inteligencia. Entonces decimos: es que eso no es arte, y así se culpa a la gente no por lo que hace sino por no ser Miguel Ángel. Únicamente aceptamos la cultura basura cuando está fiambre en los museos.

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En todos sus niveles, la creación es lo más parecido a nuestros sueños. No solo hay que dejar a nuestro inconsciente que se manifieste porque por el mero hecho de existir ya tenga derecho, sino porque una sociedad que lo reprime se convierte en una sociedad reprimida y represora. En eso estamos. De nuevo se antepone el orgullo a la libertad. Nunca tanto como hoy ha sido aclamada la palabra orgullo (de barrio, de opción sexual, de país...). Creíamos haber superado el Tío Pepe, y ha vuelto el niño Pepe con su cara roja y su orgullo herido y sus sentimientos lacerados. Respondemos con policía a la imaginación. Más peligroso que sonarse con una bandera es un sonado con una bandera. Lo llaman los límites del humor, pero se trata de los límites de la tolerancia.