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Al contrataque

Arrimadas, durante la entrevista de este domingo en TV-3, junto al director de la cadena, Vicent Sanchis.

TV-3

Los odios preconcebidos

Milena Busquets

Ya sé que es un tópico espantoso y horrorosamente aburrido, pero todo el mundo merece una oportunidad. También la gente que no nos gusta, sobre todo esa

Al parecer, soy una de las pocas personas que vieron la entrevista de Inés Arrimadas en TV-3. Apenas veo la televisión. No lo digo con orgullo o para dar a entender que dedico mi tiempo libre a asuntos más elevados, nada más lejos de la realidad; después de los perros, el televisor me parece el mejor animal de compañía del mundo.

Pasé gran parte de mi infancia y adolescencia tumbada encima de la alfombra viendo la televisión con mis perros –teckels primero, pastores del Pirineo después y finalmente labradores- y a menudo también con mi madre. Algunos de los mayores ataques de risa que recuerdo haber compartido con ella fueron mirando la televisión; y en la actualidad, ver el fútbol con mis hijos representa uno de los momentos más felices de la semana.

Así que decidí ver la entrevista a Inés Arrimadas, a pesar de no votar a Ciudadanos y de estar cada vez más cerca de no votar a nadie en absoluto.

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El medio político me parece un ámbito tan duro y difícil que siento curiosidad y admiración por cualquier mujer que pudiendo dedicarse a labores más amables (criar hijos, escribir novelas, opinar sobre esto y aquello, ser veterinaria o arqueóloga), se dedique en serio a ello.

Me sorprendió un poco que los últimos diez minutos de la entrevista versaran sobre un problema de traducción que tuvo lugar en otro programa. Hubiese estado bien hablar de educación por ejemplo, de cómo los jóvenes llegan a la universidad haciendo faltas de ortografía y con enormes dificultades para analizar un texto. No somos los únicos que tenemos ese problema en el entorno europeo y es primordial analizar realmente qué está ocurriendo y cómo solucionarlo.

Y me sorprendió también la euforia de algunos al día siguiente al enterarse de los resultados de audiencia, al parecer no demasiado buenos, que había tenido la entrevista; como si fuese un triunfo de algún tipo que la gente hubiese decidido no ver el programa.

No me gustan los odios preconcebidos. Yo no le tengo demasiada simpatía a Aznar, por no decir que ninguna, y sin embargo, en el coloquio con Felipe González con motivo del aniversario de la Constitución, me hizo gracia su deseo de hacerse el simpático con el socialista, de caerle bien, de bromear (o sea, de ser bien educado). Y González, como es un hombre inteligente, después de unos primeros minutos más fríos y distantes, le acabó correspondiendo y sumándose al tono amable de jubilado digno pero sabio y encantador que ha luchado en mil batallas pero que todavía conserva el buen humor y el buen vivir.   

Ya sé que es un tópico espantoso y horrorosamente aburrido, pero todo el mundo merece una oportunidad. También la gente que no nos gusta, sobre todo esa.