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Dos miradas

Junqueras y Puigdemont, en el Parlament.

ALBERT BERTRAN

Evanescencia

Emma Riverola

Frente a un Junqueras encarcelado pero sólido, Puigdemont no deja de moverse... Una lucha contra la evanescencia hincada en la 'rauxa'

Imposible comprender estos tres últimos años en Catalunya sin detenerse en la relación entre Oriol Junqueras y Carles Puigdemont. El primero cogió las riendas de ERC en el 2011. El partido atravesaba horas bajas después del desgaste del 'tripartit'. Con Junqueras, Esquerra pasó de ser quinta fuerza en el Parlament a segunda en el 2012. Después Junts pel Sí, el triunfo electoral, el veto de la CUP a Artur Mas y la presidencia de rebote de Puigdemont. Enero del 2016… Ahí se lio todo. 

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La independencia como horizonte. El conocimiento íntimo de que las promesas lanzadas en público eran imposibles de cumplir. Los dos forzados a parecer unidos, pero cada uno representando a partidos con agendas, intereses y presiones propias. Puigdemont tratando de librarse de la mochila de corrupción de CDC. Junqueras haciendo equilibrios entre el ‘seny’ y la ‘rauxa’ de ERC (conocedor de la querencia histórica de su partido por la desmesura). Y la CUP caldeando con su aliento revolucionario. Todos lanzados a una carrera para doblegar al Estado compitiendo entre ellos mismos… Y se rompieron los frenos. Frente a un Junqueras encarcelado pero sólido, Puigdemont no deja de moverse. Un día, la Crida; otro, el Consell per la República; otro más, ir a las europeas de número dos de Junqueras. Una lucha contra la evanescencia hincada en la ‘rauxa’. Y, de fondo, tres años de anhelos, decepciones, improvisaciones, incapacidades y desconfianza.