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Ética y política

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa.

REUTERS / SUSANA VERA

Poder mirarse en el espejo

Juli Capella

Pedro Sánchez va a seguir con la venta de armas a Arabia Saudí pese al asesinato de Khashoggi que ha provocado muchas acciones de renuncia a colaborar con el régimen saudí

¿Qué debe sentir Pedro Sánchez al levantase cada mañana y mirarse al espejo antes de afeitarse? Mil pensamientos deben acuciarle dada la enorme responsabilidad de sus decisiones.

Lluís Morón, fundador de la prestigiosa empresa de señalización Signes, Premio Nacional de Diseño, decidió hace unos días cancelar su participación en el proyecto del AVE a La Meca. Fue como respuesta a las atrocidades cometidas por el Gobierno de Arabia Saudí mandando asesinar al periodista Jamal Khashoggi en su embajada de Turquía. En el escrito de justificación de esta difícil decisión, Morón lamentaba perder un importante encargo, sin duda provechoso para su empresa, pero recordaba: "Hemos de poder mirarnos cada día al espejo y reconocernos. Tener principios no es un tema temporal, o los tienes o no. Si los cambias, es postureo".

Adoptó esta decisión inspirado en la renuncia ética del chef José Andrés, afincado en Washington, cuando hace unos años decidió abandonar un contrato con Donald Trump para un gran restaurante. El ahora presidente de EEUU tildaba a los emigrantes de delincuentes y violadores. "No puedo aceptarlo -dijo el chef-; yo mismo he sido emigrante y la mayoría de mi equipo de cocineros y camareros son emigrantes". También Norman Foster renunció la semana pasada, debido al macabro asesinato, a formar parte del equipo directivo de la ciudad futurista Neom, que el Gobierno de Arabia Saudí está proyectando con un abultado presupuesto de medio billón de dólares. La propia Unión Europea ha solicitado a sus miembros el embargo de armamento a este país dictatorial.

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Pero Pedro Sánchez ha dicho que va a seguir con la venta de armas españolas. Parodiando -pero sin pizca de gracia- a Groucho Marx, parece decir que él tiene unos principios -en el programa electoral–, pero que si no gustan, puede cambiarlos -cuando gobierna-. Quizá un día, afeitándose, se mire y no se reconozca, tal vez vea cómo su rostro comienza a emborronarse y a confundirse con el de Casado o Rivera.