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Reconocimiento al personal médico

Ilustración de Leonard Beard.

LEONARD BEARD

Vida de hospital

Ángeles González-Sinde

Pese a las dificultades, las profesiones sanitarias atraen cada año a miles de estudiantes, la mayoría chicas

"Ánimo, José Luis, que no es nada", le dice mientras carga con las bolsas de plástico del hospital, esas donde guardas tu ropa cuando quedas ingresado, además de su bolso y el abrigo. Él, desde la camilla, rezonga: "Ya, ya, eso se dice muy fácil". El camillero empuja y desaparecen en el ascensor. Ella no se vuelve para verlo marchar. Tiene prisa por sentarse, soltar los bultos y sacar el móvil: "Soy Pili. Ya lo han bajado a quirófano". Mientras, en la puerta de los boxes, un yayo bastante juvenil explica a la nieta muy rubia y muy pintada que la tensión la tiene bien, pero el azúcar a 175, un poco alta. Subraya lo principal: la doctora ha dicho que la incisión no debe mojarla y que cada día tendrá que pincharse. Pero él no sabe pinchar, ¿y cómo va a pincharse la abuela sola? Esto le tiene ofuscado. La nieta le tranquiliza, tiene oído que las agujas de la insulina son muy finas, será sencillo poner las inyecciones.

La cafetería es grande, muy limpia, con ventanales a la calle que la hacen luminosa y alegre. A esta hora de la mañana hay calma. Sobre todo, vienen a tomar un café y una tostada personas mayores que salen de pruebas y análisis. El personal del hospital es paciente y amable. No siempre es así. A menudo los profesionales de la salud, ya sean administrativos, técnicos, enfermeros o médicos, han desarrollado una suerte de caparazón para marcar la distancia con los pacientes. No pueden implicarse en sus padecimientos y el sistema no ayuda a que, aunque quisieran, puedan dedicar el tiempo suficiente a solventar las necesidades y dudas de cada cual, tantas veces menores, subjetivas. Pero en este hospital se respira tranquilidad. No indiferencia, sino esa alegría prudente que viene con la confianza. A la señora despistada que ronda por los pasillos la encaminan con buenas palabras a la consulta correcta. Los enfermeros son cordiales y se toman el tiempo de mirar al paciente y explicarle el procedimiento. Tranquilizan con su información personalizada. Saben lo que hacen y lo realizan con simpatía, insisto, no el banal exceso de familiaridad o paternalismo que otros dispensan a los enfermos reduciéndonos, desde el momento en que vistes la ridícula camisola con el culo al aire, a la categoría de niños.

Notas que el hospital es bueno por cómo se tratan los profesionales entre ellos. Una mujer vestida de calle viene a saludar a los compañeros. Ahora trabaja en otro centro. A mediodía, largas mesas de 10 se llenan de batas blancas que almuerzan entremezclados con los apesadumbrados familiares de los pacientes. Es un hospital universitario donde, además, se investiga. No sé si la camaradería tiene que ver con los MIR que arrancan aquí su carrera. Intuyo que será la suma de unos horarios más racionales, equipos más estables, menos gestores apretando y un desempeño acorde con los tiempos reales que exige cada consulta o tratamiento.

Los miro y pienso que me gustan médicos/as y enfermeros/as porque nunca son frívolos. Por deformación profesional, si no por vocación o por configuración mental de fábrica, tienen intención de sanar lo concreto, de reestablecer el equilibrio de lo desarreglado, lo cual los hace estar más atentos y en alerta que otros al contexto en el que viven. Hoy ser médica/o o enfermera/o no es un oficio que goce ni de los emolumentos ni del prestigio reverencial de otras épocas. Más bien lo contrario: es estar expuesto a la precariedad de una carrera con un ascenso muy lento debido a mucho contrato temporal, mucha suplencia que no genera derechos laborales y pocos espacios para consolidar experiencia y conocimiento.

Solo nos queda darles las gracias. Tal y como están las cosas, lo sorprendente es que los profesionales de la sanidad sigan atendiéndonos y no nos manden al garete

Pero los hospitales no funcionarían sin otro tipo de personal que, aunque no sea licenciado en medicina, hace la misma falta. Son los celadores. Solo cuando escasean, como ocurre últimamente debido a los recortes, nos damos cuenta de la poca gracia que tiene estar tirado en una cama en tierra de nadie, entre el quirófano y la habitación, donde te espera tu angustiado acompañante simplemente porque no hay nadie que empuje tu camilla al ascensor. Por no hablar de las limpiadoras o los encargados de mantenimiento.

Pese a las dificultades y al mal humor de pacientes hartos de esperar (las agresiones a los facultativos se dispararon proporcionalmente a los recortes), las profesiones sanitarias atraen cada año a miles de estudiantes, la mayoría chicas. Aspiran a dominar esa combinación de "conocimiento médico, intuición y buen criterio" que hace de la medicina más que una ciencia: el arte de la atención a todos los signos en un proceso sofisticado de pensamiento que bebe de múltiples fuentes. Al resto solo nos queda darles las gracias y mostrarles apoyo y respeto en su siempre justas, siempre sensatas reivindicaciones. Tal y como están las cosas, lo sorprendente es que los profesionales de la sanidad sigan atendiéndonos y no nos manden a todos al garete.