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AL CIERRE

Bengalas en el Parque de los Príncipes durante el PSG-Estrella Roja de la Champions.

Una Superliga contra el fútbol

Axel Torres

La creación de un torneo elitista separado del resto de competiciones provocaría la muerte de este deporte como fenómeno social

Esta competición privada, elitista y cerrada que según 'Der Spiegel' nos quieren imponer los súper-clubes europeos parte de una lógica perversa que no resiste análisis alguno.

A ver si lo entiendo: los 11 equipos que se consideran a sí mismos los más poderosos del continente deciden a qué cinco semipoderosos invitan a su fiesta y se blindan con una cláusula que les garantiza participar en las ediciones futuras independientemente de los resultados que registren. O sea: es una competición que se permite el lujo de corregir al propio fútbol. Si la clasificación final no les gusta, la reajustan para que los buenos de verdad no bajen de categoría. Si es que hay descensos, porque ésta es una idea que no les acaba de cuadrar muy bien. ¿Qué va a saber el juego? Los buenos son los buenos aunque pierdan, y la gente, claro, quiere ver a los buenos.

Mourinho, entrenador del Manchester United, besando la copa de la Europa League / AFP

Una de las cuestiones que convierten este deporte en el más apasionante de seguir es precisamente que se organiza como un sistema interconectado en el que todo lo que ocurre tiene continuidad y consecuencias. La Copa de Europa y las divisiones regionales de cualquier federación territorial española forman parte del mismo “todo”, ya que si al Can Rull-Rómulo Tronchoni le da por ganar todos los partidos que dispute en los próximos siete años se va a proclamar campeón de Europa. Es una utopía y no va a pasar, pero es fundamental que sepamos que puede pasar. Que el reglamento lo permite. Que todos podemos soñar con que cambie nuestra suerte y acabemos llegando a los estadios esplendorosos que vemos por la televisión. Si una normativa nos lo impide, si pone límite a nuestros sueños, si parte en dos el sistema y divide entre mortales e inmortales, la naturaleza del fútbol como fenómeno social deja de tener sentido. La base de la esencia competitiva sana de cualquier deporte reside en la lógica aplastante de hacer posible que aquel que de repente se convierta en el mejor pueda ser coronado campeón. En la Superliga de los elitistas esta puerta se cerraría para siempre.

Messi y Cristiano Ronaldo, en un clásico/ JOSEP LAGO (REUTERS)

Nápoles, Chelsea, City, Ajax, PSG

Incluso si desde la más pura inocencia compráramos su discurso y nos pusiéramos a analizar la selección de clubes fundadores para intentar discutirla o justificarla no sabríamos muy bien qué criterios han seguido. Al Nápoles lo dejan fuera cuando lleva años quedando por delante del Milan en Italia. Nos dirán que esto se debe a la contribución histórica de los lombardos a la grandeza del fútbol europeo, un argumento que podríamos comprar si no fuera porque el Ajax o el Benfica han sido marginados y es indiscutible que han ayudado a propagar la grandeza del fútbol mucho más que el Chelsea, el PSG o el Manchester City, todos ellos presuntos miembros fundadores e intocables en los papeles filtrados por Football Leaks.

¿La frontera entre poder participar en lo que pretende convertirse en la nueva máxima competición de clubes o quedar condenado al olvido la debe determinar el momento histórico en el que se decide poner en marcha una idea tan diabólica? Si la hubiesen creado hace diez años a nadie se le habría ocurrido colocar al City o al PSG en la parrilla de salida, pero ahora parece que se quiera blindar la grandeza antes de que las vicisitudes del futuro la puedan poner en duda.

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