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IDEAS

Josep Maria Pou, en ’Moby Dick’, en el Teatre Goya. 

DAVID RUANO

Mi amiga Moby

Josep Maria Pou

Estoy viajando por toda España con una ballena a cuestas. Moby Dick pesa lo suyo. Aviones, carreteras, hoteles, prensa. Por fin, el teatro: un lugar seguro, el centro de gravedad sobre el que gira y se apoya el resto. Mi razón de ser. El refugio, lo natural, el infinito, lo sin orillas. 

Digo que la ballena pesa lo suyo. Cansado a veces, agotado las más, sueño con Moby Dick travestida en Platero: “Pequeña, peluda, suave, tan blanca por fuera que se diría toda de algodón, que no lleva huesos”. Pero no. La blancura de Moby Dick (Moby, para los amigos) no es la del blanco algodón sino la del blanco hielo -rotundo iceberg- del Atlántico norte. Y su esqueleto lleva hasta dos toneladas de huesos en 20 y algo metros de largo. Poca broma. 

Cargar con la ballena blanca en cada función es apasionante. Sumergidos en la función fingimos un odio que no sentimos

Aún así, es apasionante cargar con ella en cada función. Salimos juntos del camerino, camino del escenario. Algunos días me apetece llevarla en brazos y depositarla, como en lecho nupcial, en el centro de la escenografía. Otras veces es ella la que tira de mí, divertida por el miedo que adivina en mi rostro, disimulando -inteligente a rabiar- el suyo propio, sabia, lista como nadie, rebotando su cuerpazo de pared a pared del estrecho pasillo, como queriendo espantar en los dos -ella atlética, yo a paso cansino- la hora y media de responsabilidad que tenemos por delante.

Ya en escena, nos enfrentamos los dos a lo negro y vacío del patio de butacas y, cogidos de la mano, musitamos al tiempo, con aire de letanía,  nuestra frase amuleto: “El mismo mar para Noé que para mí”. Y nos sumergimos en la función, como quien se lanza al abismo, cada uno por su lado, fingiendo un odio que no sentimos, una rabia que no es nuestra, un combate impuesto de siglos, seguros de reencontrarnos al final, indemnes, de nuevo el uno en los brazos del otro.

Y al día siguiente, otra ciudad. Otro público. Y otra función. Y la felicidad de ser cómicos de la legua. Anteayer, Andalucía. Hoy, el País Vasco. Mañana, por tierras de La Mancha. Pasado, en Extremadura. En todas partes, como en casa.